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Jugando con piedrecitas

19 de agosto 2020

Decir que el fenómeno de la globalización lo está cambiando todo no es ninguna novedad. Como tampoco lo sería apuntar que las nuevas tecnologías de información y comunicación, las finanzas especuladoras, el comercio mundial, el transporte y el turismo son las puntas de lanza de este proceso que ha llegado hasta el último rincón del planeta. Ya hemos hablado de ello bastante últimamente como para que quienes hayan querido enterarse sean ya suficientemente conscientes.

Mans col·locant pila de pedres

Parque nacional d’Aigüestortes. Crédito: Flickr, Julien Lagarde

Por esto, hoy no me pondré demasiado dramático, aunque haya motivos de sobras, ya que parece que no hemos aprendido nada de todo lo que nos está sucediendo. Aún así, no hablaré de los grandes problemas relacionados con la propagación de enfermedades, las desigualdades económicas y sociales, la falta de regulación de los mercados, la amenaza a la diversidad cultural o los daños al medio ambiente. A riesgo de ser tachado de frívolo, aprovecharé que muchas personas estamos de vacaciones de verano, o a punto de empezarlas, para tratar un aspecto mucho más anecdótico que, sin embargo, constituye el paradigma de muchos de los fenómenos de la actual sociedad que hemos mencionado antes. Me refiero a los montones de piedrecitas que, hechos con más o menos habilidad, encontramos hasta en el rincón más recóndito del planeta, como muestra de que alguna persona supuestamente creativa, mística o simplemente ociosa ha pasado por allí.

Crèdit: Ramon Oromí, flickr

Los hitos no se deben desmontar, se utilizan para no perderse en el camino. Crédito: Flickr, Ramon Oromí

En nuestro país los montoncitos de piedras indicaban a los osados excursionistas aquel cruce de senderos o desvío que nos hubiera podido pasar por alto.

Cuando era niño, estas pequeñas construcciones en precario equilibrio me trasladaban a lejanos lugares de oriente, asociadas a culturas y religiones que les otorgaban un significado propio y único —ofrendas, supersticiones, sepulturas, creencias—, con un intenso componente espiritual vinculado a cada tradición local. En nuestro país, antes de que los caminos montañosos estuvieran señalizados con pinturas y letreros de todo tipo, y mucho antes de que los GPS, tracks y aplicaciones de móvil hicieran casi imposible perderse, los montoncitos de piedras indicaban a los osados excursionistas aquel cruce de senderos o desvío que nos hubiera podido pasar por alto. En medio de prados, roquedales y canchales, donde la traza de los caminos es difícilmente visible, estos hitos litológicos siempre nos han ayudado a encontrar la dirección correcta.

Mans col·locant pila de pedres

Jugando con piedrecitas. Crédito: Unsplash, Andrik Langfield

Las piedras en el suelo tienen múltiples funciones que resultan esenciales para el funcionamiento de muchos ecosistemas.

Pero en los últimos años, con las modas absurdas y el incremento de turistas fruto de dicha globalización, los montículos de piedras han invadido valles y sierras, playas y orillas, costas y cumbres. Hasta el punto de que todos los paisajes acaban pareciéndose, homogeneizados y banalizados, al igual que la arquitectura y el urbanismo han hecho con los pueblos y ciudades de todo el mundo. Vamos, que la gente lo dejamos todo hecho un asco —sin entrar a hablar de residuos como tales, que entonces sí que nos pondríamos dramáticos y no acabaríamos nunca— y los puñeteros montoncitos de piedra dan una rabia que no puedes con ella.

Últimamente, por suerte, se han ido alzando diversas voces del mundo científico para concienciar de los efectos negativos y tratar de poner freno a esta manía enfermiza. Las piedras en el suelo tienen múltiples funciones que resultan esenciales para el funcionamiento de muchos ecosistemas, especialmente aquellos sujetos a condiciones extremas (sequía, salinidad, viento, escasez de suelo, erosión), donde la vegetación suele ser escasa y dispersa. En estos lugares, las piedras retienen la humedad del suelo, favorecen la germinación de las semillas y el enraizamiento de las plantas, aportan pequeños espacios de sombra y constituyen un refugio y cobijo imprescindibles, especialmente durante el día, para muchas especies de invertebrados. Tenemos el ejemplo del coleóptero Akis bremeri, un escarabajo amenazado endémico de las dunas de la isla de Formentera, que necesita el espacio bajo las piedras tanto para el desarrollo de sus larvas, que encuentran allí humedad y alimento, como para los adultos, que lo utilizan como abrigo en las horas de más sol, o la más conocida lagartija de Formentera, Podarcis pityusensis. Francamente, no creo que con nuestra creatividad ayudemos a garantizar la supervivencia de estos y otros tesoros únicos de la naturaleza.

Pila de pedres a Ruby Beach

Las montones de piedrecitas decorativas no tienen ninguna utilidad. Crédito: Unsplash, Tyler Milligan

Es como si obligáramos a las pobres plantas y animalitos, acostumbrados a vivir en un pueblecito de plantas bajas, a adaptarse a un entorno bastante más parecido a Manhattan.

Asimismo, también empiezan a aparecer letreros informativos y coercitivos en los lugares más afectados —generalmente a lo largo de la costa, pero también en los entornos de alta montaña dominados por prados y roquedales—, explicando amablemente que aquel ecosistema no cuenta con los cúmulos de piedras entre sus elementos naturales o culturales tradicionales, y que, por favor, dejemos de alterar el paisaje jugando a las construcciones. En algunos espacios protegidos ya informan a los visitantes que las piedras en el suelo constituyen el hábitat de muchas especies, algunas muy raras y amenazadas, que encuentran bajo ellas un espacio húmedo y protegido indispensable para desarrollar su ciclo vital.

Podarcis pityusensis. Foto: Iker Cortabarria CCBY

Podarcis pityusensis. Foto: Iker Cortabarria CCBY

Cuando llegamos nosotros y tenemos la ocurrencia de arramblar con las piedras y apilarlas artísticamente no ayudamos precisamente a la conservación del espacio, ya que transformamos totalmente el hábitat natural. Si me permitís la broma, es como si obligáramos a las pobres plantas y animalitos, acostumbrados a vivir en un pueblecito de plantas bajas, a adaptarse a un entorno bastante más parecido a Manhattan.

Akis bremeri. Foto: Amador Viñolas

Akis bremeri. Foto: Amador Viñolas

Animo humildemente a todas las personas a pasar por los lugares dejando el mínimo rastro posible

Por ello, animo humildemente a todas las personas a pasar por los lugares dejando el mínimo rastro posible, con calma, respirando hondo, sintiendo la brisa y los aromas, conociendo, respetando y disfrutando de los paisajes y las costumbres propios de cada lugar. De verdad que no hay ninguna necesidad de dejar nuestro toque personal allí por donde pasamos. Un toque, por otra parte, que de personal no suele tener nada, ya que normalmente lo hemos visto en un post del instagramer influencer de turno.

Y en último término, si también os cuesta estaros quietecitos, os invito a hacer como yo y desahogaros tirando a patadas las pilas de piedras que vayáis encontrando. Eso sí, con cuidado, no os vayáis a hacer daño ni hagáis daño a nadie. E intentad dejar luego las piedrecitas bien distribuidas por el suelo, como deberían de estar antes de que la primera persona emprendedora que pasó por allí decidiera levantar un monumento en homenaje a su ego.

Feliz verano!

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Doctor en Ecologia per la UAB i investigador del CREAF durant uns quants anys. Després, uns quants més treballant per la conservació dels espais naturals a l'administració pública. M'apassiona la interfície entre la recerca i la gestió, i m'agrada escriure sobre tot plegat: ciència, divulgació, opinió. I també ficció.
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