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Las abejas solitarias viven miles de aventuras para hacerse el nido

2 de junio 2017

Cortar hojas, recoger barro, imitar el celofán. Las abejas compiten de mil maneras para hacer el mejor nido y protegerlo de los enemigos. El investigador del CREAF, Carlos Hernández-Castellano, nos introduce en este mundo de peculiaridades.

Interior de un nido de Osmia cornuta parasitado por ácaros. Autor: Orangeaurocks/Flickr (CC BY 2.0)

Interior de un nido de Osmia cornuta parasitado por ácaros. Autor: Orangeaurocks/Flickr (CC BY 2.0)

En nuestro planeta hay más especies de abejas que de mamíferos, pájaros, reptiles y anfibios juntos. De estas 20.000 especies, el 75% son solitarias. “El mundo de la polinización va mucho más allá de las abejas de la miel y, generalmente, no se es consciente” advierte el investigador del CREAF, Carlos Hernández-Castellano. Y añade “si hablamos de organización, sólo un 10% de las abejas de todo el mundo son verdaderamente sociales, como las abejas melíferas. Prácticamente todo lo demás son abejas solitarias, y tienen comportamientos muy variados entre ellas”.

Las especies totalmente sociales son aquellas que forman comunidades divididas en reinas y obreras, y donde sólo la reina se reproduce. Contrariamente, todas las hembras de abejas solitarias son fértiles y tienen descendencia propia. Cuando se reproducen hacen un nido con varias celdas y cada una de estas celdas acoge un huevo. Además, depositan una provisión de polen y néctar para que las larvas, cuando nazcan, puedan alimentarse y desarrollarse correctamente hasta convertirse en un individuo adulto. Una vez puestos los huevos, las abejas madre tapian la entrada del nido para evitar que entren depredadores y otros enemigos naturales.

Aunque la estructura del nido es similar, dónde y cómo hacerlo, y la manera de protegerlo, es de lo más diversa:

¿Dónde hacen los nidos?

A nivel local, las abejas eligen las zonas con más sol para hacer el nido, pues la mayor parte de ellas no pueden regular su temperatura corporal y necesitan cogerla del ambiente. Además, también buscan lugares con flores abundantes para alimentarse fácilmente. En cuanto a un nivel más global, las regiones más indicadas para estos insectos son las secas y áridas. Esto es así porque la humedad les supone problema: favorece la aparición de hongos y que el nido se pudra.

¿Cómo los protegen?

Las abejas solitarias tardan varios días en hacer toda la estructura del nido —tabiques, provisiones, etc.— y mientras salen a recolectar néctar y polen dejan desprotegida su descendencia. Es el único momento en que ácaros u otros insectos pueden entrar. Las madres una vez hayan terminado de poner los huevos, taparán la entrada para que sólo los individuos adultos puedan salir. Ni siquiera ellas mismas vuelven a entrar y, de hecho, mueren poco tiempo después de hacer la puesta.

“¿No se podrían escribir más versos con estas historias de abejas solitarias que con la de un matorral dominado por abejas de la miel? ¿O con la de un campo desierto por el uso masivo de pesticidas? Pero no sólo nosotros podemos comprender esta poesía. También la naturaleza lo hace, e incluso mejor: la complejidad en todo su esplendor, la diversidad de formas y maneras de hacer, es sinónimo de que los ecosistemas funcionan bien” concluye el investigador.

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Verónica Couto Antelo
Tècnica de Comunicació del CREAF des de març del 2016. Graduada en Biologia (UB, 2015) i Màster en Comunicació Científica, Mèdica i Ambiental (BSM-UPF, 2016).
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