Seguimos entre el Tigris y el Éufrates

21 de agosto 2018

Segunda entrega sobre Mesopotamia. Nos situamos a lo largo del siglo XX, cuando los cambios políticos y sociales provocaron que la gente de la zona se viera obligada a migraciones en masa y la explotación descontrolada de unos humedales poblados por la tribu Ma’dam.

Marsh Arab Village

Poblado Ma’dam en 1974. Fuente: Corbis – Spiegel

Se dice que cuando Gilgamesh fue enterrado se desvió del Éufrates temporalmente para que después, al volver a su cauce, cubriera su tumba excavada en el lecho. Esta manera de enterrar se ha aplicado a otros personajes, como el visigodo Alarico, muerto en Cosenza tras saquear Roma: para proteger su tumba de profanaciones, se desvió el curso del Busento, se cavó la fosa y se volvió a dejar pasar el río. Quienes hicieron los trabajos fueron sacrificados para preservar el secreto del lugar (desagradable práctica nada infrecuente en diversas culturas).

El paraíso sumerio se encontraba al este de donde nacen los cuatro ríos del mundo, dos de los cuales son el Tigris y el Éufrates. En aquella mitología, Enki era el dios del agua y de la sabiduría, la construcción y el arte, quien llenaba de agua los ríos, llevaba peces y cañas a las marismas y creaba los rebaños. Protegió la naturaleza avisando del diluvio decretado por los otros dioses, hartos de la proliferación y el ruido de los humanos. Sumer, en la lengua original, significaba “la tierra del señor de los cañaverales” y a Enki se le representaba como una figura humana vertiendo agua de una jarra.

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Mapa de Mesopotamia durante el periodo dinástico arcaico. Fuente: Wikipedia

En Mesopotamia se han hallado los textos más antiguos, son de hace 4000 años. La civilización de Ur duró 3000 años. Después, vinieron los asirios, y dos siglos después, en el sur, Babilonia, imperios que duraron 14 siglos y que, en sus máximos, iban del Cáucaso a Arabia. En el siglo VI a.C., Ciro el Grande invadió Mesopotamia y la incluyó en el Imperio Aqueménida. Casi dos siglos después, Alejandro Magno la conquistó, después los partos y los romanos. El 224 d.C., Artajerjes incorporó Mesopotamia al Imperio sasánida persa. A fines del siglo III, Asiria fue el centro de la Iglesia cristiana de Oriente. En el siglo VII llegaron los musulmanes y muchos árabes y kurdos se establecieron en la región. El siglo siguiente construyeron Bagdad, sede del Califato y pronto la mayor ciudad medieval, con más de un millón de habitantes. Ella y otras ciudades fueron arrasadas en 1258 por los mongoles de Hülegü, nieto de Gengis Kan. En 1401, Tamerlán volvió a hacerlo. Es una historia de colapsos de civilizaciones avanzadas. Construir un sistema complejo es una tarea ingente y larga, destruirlo se puede hacer de manera súbita y catastrófica.

Los ríos de Mesopotamia enmarcan y nutren los inicios remotos de la civilización, pero los humanos han aprendido a vivir en zonas inundadas en muchos lugares del mundo. Los deltas, estuarios y otras zonas de humedales, por su riqueza, han sido ocupados desde hace muchos siglos y se han desarrollado soluciones culturales diversas. Pensemos en el delta del Nilo, que hizo de Egipto el granero del Imperio Romano. Son lugares de alta producción, aunque la presencia del agua favorezca la de mosquitos vectores de enfermedades. A nuestro Prat de Llobregat se le conocía como “el pueblo de las fiebres”: eran frecuentes paludismo, tifus, hepatitis, disentería… El agua no era potable, había miseria, abandono de las administraciones, incultura y violencia (Codina, 1966). Hoy, la gente vive mucho mejor. Hemos cambiado el medio, pero no siempre hemos tenido en cuenta las condiciones naturales y esto conlleva riesgos. Las zonas inundables todavía se inundan a veces y descubrimos, con indignación, que se construyó donde no había que hacerlo, que hay infraestructuras que actúan de barrera al paso del agua y ésta sale por donde puede y causa estragos… Además, las urbanizaciones han reducido la superficie permeable. Cuando el agua freática sube a la superficie, frena el drenaje hacia el mar. La vida salvaje de los humedales está amenazada por la urbanización, la agricultura intensiva, la desecación, la modificación de los cursos y caudales de los ríos y la subida del nivel del mar.

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Mesopotamia (al actual Irak) con las tres zonas de marismas, marcadas en letras blancas. Fuente: NASA

Volvamos a la cuna de la civilización. El inglés Wilfred Thesiger (2001) escribió un libro notable sobre la vida en las marismas. Describe en él sus experiencias en varias estancias, durante los 1950s, en los humedales de la unión del Tigris y el Éufrates para formar el Shat-el-Arab, en Irak. Una parte de las marismas mesopotámicas son humedales permanentes, otra estacionales y una tercera temporales. Forman un delta interior donde se esparcen en primavera las aguas de deshielo de las montañas persas y turcas. Alrededor, el desierto. Cuando viene la estación seca vuelve el desierto, excepto en la zona de inundación permanente. Las marismas al-Bathàï del sur de Irak son un lugar de especial importancia ecológica y cultural y una de las diez principales zonas húmedas del mundo según la British Royal Society, sobre todo las de Huweiza, Amara y Hammar, en Basora, Misan y Nasiriya respectivamente. El conjunto tiene unos 17 000 km2 y es el resto de un área mucho mayor que en gran parte se salinizó y desertizó. Viven en ella o pasan por allí en sus migraciones muchos millones de aves, de especies a menudo raras o en peligro de extinción. Mientras los arenales vecinos cubren los restos de antiguas civilizaciones, en las riberas de los ríos y en los humedales, a lo largo de las generaciones, una de las más antiguas que subsisten, quizás la que más, la de los Árabes de las Marismas, de origen sumerio, había construido acequias y esclusas. La destrucción del sistema de regadío hizo que aquella gente se hiciera nómada y pastora, mientras el desierto recuperaba espacio y el agua quedaba en humedales permanentes o temporales. Casi desaparecida la vida urbana al igual que ocurrió en Europa al desmoronarse el Imperio Romano, se impuso allí el sistema tribal de los beduinos que llegaron del otro lado del Éufrates. Con el tiempo, algunos árabes se volvieron a establecer en ciudades, otros continuaron viviendo en tiendas que transportaban con camellos o asnos una vida precaria y llena de dificultades.

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Ma’dams remando por las marismas del sur de Irak. Fuente: Hassan Janali, US Army.

Después de la Gran Guerra y la revuelta árabe promovida por Lawrence, Irak se convirtió en un estado independiente en 1919, separándose del Imperio otomano, pero siguió 13 años ocupado por los británicos. En el momento que describe Thesiger, los árabes de las antiguas tribus nómadas de los humedales habían vuelto a hacerse sedentarios. La administración de las tierras estatales se había cedido a jeques que actuaban, prácticamente, como propietarios, mientras los otros trabajaban para ellos a cambio de una parte de la cosecha. Los jeques decidían sobre los conflictos entre los agricultores. Dentro de los humedales permanentes vivían los Ma’dan, una sociedad muy pobre en la que regía el código de comportamiento de los beduinos, como en todo el complejo de tribus de la región. Su estilo de vida se basa en la cría de los búfalos y la pesca, pero han comerciado desde hace muchos siglos. El medio está dominado por el agua y las cañas (Phragmites australis), las casas de adobe están siempre medio inundadas y llenas de mosquitos, y la gente se alimenta de arroz con leche y sufre esquistosomiasis y malaria. Los búfalos sólo pueden estar en aguas poco profundas y, en los humedales estacionales, se les permite pastar en los campos ya sembrados cuando se seca el agua para que los abonenn con sus excrementos. En toda la región había entonces bandidos. Los cerdos salvajes también podían ser peligrosos porque atacaban saliendo repentinamente de los cañaverales. Los lagos estaban poblados por cantidades ingentes de pájaros, pero entre 1951 y 1958 Thesiger constató su gran disminución como resultado de la caza con red y escopetas.

En 1955 funcionaban ya plenamente los campos petrolíferos. Esto dio trabajo y permitió construir muchas vías de comunicación y rehacer barrios urbanos enteros. Corría la voz que, en las crecientes ciudades, se podían ganar dinero a espuertas. La gente comenzó a vender barcas, ganado y grano para irse: familias y vecinos de los antiguos poblados o tribus se instalaban juntos por barrios. Querían escapar de la pobreza. Aquel año, la sequía ayudó. Además, los jóvenes que habían recibido alguna educación presionaban a los padres para irse y dejar de trabajar como esclavos para unos jeques que se aprovechaban de tierras que no eran legalmente suyas como señores feudales, maltratando a sus “súbditos”. Con la marcha de los agricultores no quedaba suficiente mano de obra para el cultivo. Después, vieron que en la ciudad la vida no era fácil, había que pagar por todo así que aquellos sueldos “elevados” no bastaban para una vida decente. En los barrios pobres, la suciedad era extrema, mientras al lado mismo brillaba el lujo desmedido de los ricos. En las ciudades no había jeques, pero la policía incordiaba: de vez en cuando desalojaba las barracas, exigía papeles que no se tenían, forzaba a hacer el servicio militar o, simplemente, les robaba el dinero, y ellos no entendían el sistema de justicia para recurrir contra los abusos. En el campo, trabajando seis meses al año, se podía vivir del arroz incluso pagando al jeque su parte. Con las búfalas y los pollos, más la pesca y la caza, se podía completar la dieta. Así que algunos volvieron a sus poblados con un sentimiento de frustración.

Mientras, los ataques contra el entorno natural aumentaban. Los recursos alimenticios que se podían sacar de la vida salvaje disminuían por la acción de los cazadores urbanos. A lo largo de la frontera persa, con la connivencia de los agentes del gobierno, se exterminaban las gacelas, a las que se disparaba desde los autos pese a que esto estaba prohibido por ley. Pero las cosas tenían que empeorar mucho todavía para los Ma’dan… Hablaré de ello en un próximo artículo.

 

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Jaume Terradas
Profesor emérito de Ecología de la UAB. Investigador del CREAF en temas de ecología de la vegetación. También ha trabajado en educación ambiental. Miembro del Institut d'Estudis Catalans.
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