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2020, el año de… de qué?

25 de enero 2021

Este 2020, que acabamos de dejar será largamente recordado, sin duda, y de manera no muy positiva. Más allá de las personas que han perdido seres queridos —como ha sucedido en nuestra familia— para las que el año que hemos dejado atrás no podrá ser nunca de buen recuerdo, la cuestión es cómo acabará pasando a la historia de la humanidad.

De momento, si nos fijamos tanto en las noticias como en los mensajes en las redes sociales, memes, GIF’s y no sé cuántas formas más de mostrar y difundir nuestras opiniones, no parece haber ninguna duda de que el 2020 será considerado com uno de los años más negros del mundo contemporáneo. Ahora bien, muy a menudo las sociedades no son plenamente conscientes de los momentos históricos que están viviendo, al menos en toda su extensión y complejidad, y sólo con el paso del tiempo se pueden contextualizar los hechos con objetividad y visión global. Stefan Zweig, filósofo e historiador, ha sido uno de los escritores que mejor ha sabido interpretar los momentos claves de la historia bajo un prisma diferente del establecido por la ortodoxia. En este sentido, os recomiendo vivamente su libro Momentos estelares de la humanidad. Con los datos actuales —personas muertas y enfermas, caída de la economía, problemas sociales— y con una mirada a corto plazo, resulta difícil encontrar alguna virtud al pobre año que ha cerrado la segunda década del siglo XXI. Pero, ¿cuál será la etiqueta, el título, el epíteto, el sambenito que acabará colgando de 2020 con el paso del tiempo? ¿Simplemente la desgracia, la catástrofe, el apocalipsis? ¿O bien se añadirán determinadas características menos negativas? Pues en mi modesta opinión, creo que esto dependerá de lo que hagamos a partir de ahora. De si todas las calamidades que hemos vivido este 2020 —que seguro que seguiremos viviendo aún durante un periodo de tiempo considerable—, terminan siendo la palanca para impulsar cambios sociales, económicos y ecológicos imprescindibles, que nos hagan más fuertes a largo plazo. O bien si tantas penurias no habrán servido de nada.

Pero, ¿cuál será la etiqueta, el título, el epíteto, el sambenito que acabará colgando de 2020 con el paso del tiempo?

Porque no hay que olvidar que, más allá de mecanismos concretos que con una determinada dosis de azar provocan la aparición y dispersión de pandemias como la actual, los ingredientes necesarios para que se produzcan estos episodios de alcance mundial están más presentes que nunca y se encuentran directamente relacionados con la nuestros modelo socioeconómico. Se han escrito numerosos artículos al respecto, de cómo un modelo basado en la explotación indiscriminada de los recursos naturales es el detonante de la presente pandemia, y lo será de las futuras, si no ponemos en marcha de manera urgente los cambios necesarios. Numerosos personas de reconocido prestigio en los ámbitos de la economía, la sociología, la política y la filosofía, por poner sólo algunos ejemplos, ya hace tiempo que reclaman un giro radical que hoy en día es más imprescindible que nunca. En este sentido, permítanme hacer algunas reflexiones en el campo que nos toca más de cerca, el de la conservación del patrimonio natural.

Un giro radical en la conservación del patrimonio natural

En primer lugar, estos últimos años, y especialmente en 2019 y 2020, se han presentado numerosos informes y trabajos por parte de los organismos internacionales más relevantes. Los datos muestran el incremento de la magnitud, la escala y la velocidad de los procesos de degradación del patrimonio natural —debidos sin duda a los diversos factores antropogénicos que constituyen el cambio global— y los científicos exigen una acción urgente y contundente, que vaya a las raíces socioeconómicas de los problemas, si se quiere tener alguna opción de revertir las problemáticas. Más allá de la gravedad de la degradación de los hábitats o de la pérdida de biodiversidad en sí mismas, por poner algunos ejemplos, los efectos sobre la salud y la calidad de vida de las personas son cada vez más evidentes y alarmantes, desde los fenómenos meteorológicos extremos hasta la misma pandemia que estamos sufriendo. Organismos como las Naciones Unidas, la Organización Mundial para la Salud, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), o la Fundación WWF, entre otros, han mostrado datos actualizados y contundentes, como la pérdida del 68 % de las poblaciones de 4.000 especies de vertebrados (Living Planet Index) (link al último informe), el millón de especies en riesgo de extinción o la drástica disminución de los beneficios de la naturaleza para nuestra salud y bienestar. En conjunto, los posicionamientos de numerosas instituciones científicas de todas las disciplinas han sido más claros que nunca sobre la necesidad de actuar de manera integral, radical y coordinada sin más demora.

En conjunto, los posicionamientos de numerosas instituciones científicas de todas las disciplinas han sido más claros que nunca sobre la necesidad de actuar de manera integral, radical y coordinada sin más demora.

En este marco, en 2020 se han aprobado y puesto en marcha diversas estrategias políticas para la lucha contra la degradación del medio ambiente. De manera sucinta, vamos a repasar algunas de las principales iniciativas en la esfera de la Unión Europea, España y Catalunya.

LPI report

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Las estrategias políticas europeas para promover un cambio urgente: la de Biodiversidad 2030, el Green Deal y la nueva PAC

La Unión Europea ha aprobado este pasado año la Estrategia de Biodiversidad pel 2030. El punto de partida es la evaluación de los resultados de la Estrategia anterior (2020), que demuestra un fracaso en prácticamente todos los ámbitos, vinculado a la falta de una visión global y de una acción directa sobre los procesos causantes de la pérdida de biodiversidad, de la escasez de recursos económicos y de la poca comunicación e implicación de la sociedad. Con este precedente, la nueva estrategia parte de la premisa de “llevar la naturaleza de nuevo a nuestras vidas”, ya que de ello depende nuestra seguridad y resiliencia en numerosos campos, como el cambio climático, la proliferación de futuras enfermedades o la alimentación. La naturaleza está en grave crisis en Europa y hace falta una acción inmediata para protegerla y recuperarla. Desde el punto de vista económico, el coste de la inacción es muy superior al coste de proteger y conservar la naturaleza, y garantizar así los beneficios que nos aporta. Asimismo, las inversiones que se realizan en este campo tienen un gran retorno estrictamente económico (de aproximadamente 100 a 1). De aquí nace el llamado European Green Deal , un programa económico para conseguir la neutralidad climática en 2050, la conservación de la biodiversidad o la agricultura sostenible, entre otros objetivos.

La naturaleza está en grave crisis en Europa y hace falta una acción inmediata para protegerla y recuperarla. Desde el punto de vista económico, el coste de la inacción es muy superior al coste de proteger y conservar la naturaleza, y garantizar así los beneficios que nos aporta.

Parece que el punto de partida resulta, cuando menos, prometedor, aunque la letra pequeña (las actuaciones e inversiones concretas) de la Estrategia se debe definir en los próximos meses. Sin embargo, ya se han puesto de manifiesto algunas debilidades importantes de las políticas ambientales europeas, vinculadas sobre todo a la escasa ambición de los objetivos y la falta de un cambio real de modelo. A modo de ejemplo, los últimos datos científicos (que deben ser la base para todos los firmantes del Acuerdo de París) indican que para evitar superar los 2° de incremento de temperatura (que en realidad debería ser tan solo 1,5° para evitar procesos irreversibles), no es suficiente la reducción del 50% de las emisiones para el 2050, como ha establecido la UE, sino que debería ser del 65%. En cuanto a la forma de llevar a cabo la reducción, no puede basarse sólo en una transición energética hacia las renovables, ya que así no se podrán alcanzar los objetivos y, además, tendrá un impacto extremo sobre el medio natural vinculado a la extracción y tratamiento de la enorme cantidad de materias primas que serían necesarios.

Panells solars: <span>Photo by <a href="https://unsplash.com/@ryansearle?utm_source=unsplash&utm_medium=referral&utm_content=creditCopyText">Ryan Searle</a> on <a href="https://unsplash.com/s/photos/solar-energy?utm_source=unsplash&utm_medium=referral&utm_content=creditCopyText">Unsplash</a></span>

Panells solars. Foto Ryan SearleUnsplash

Esta externalización de impactos ambientales fuera de las fronteras de la UE es otra de las principales críticas que los científicos han hecho a las políticas europeas, en general, y al European Green Deal, en particular. Así, la extraordinaria y creciente importación de alimentos (la UE es el segundo importador mundial, tras la China) está causando, por ejemplo, un gran deforestación en países como Brasil e Indonesia, vinculada al cultivos de oleaginosas, y graves impactos en muchas partes del planeta debidos a la utilización indiscriminada de pesticidas, herbicidas y organismos modificados genéticamente (PMG), prácticas reguladas o prohibidas en la UE. Por lo tanto, mientras Europa no incorpore una evaluación global de sus impactos sobre todo el planeta, y no sólo dentro del territorio de la UE, y exija a las importaciones los mismos estándares ambientales que los alimentos y materiales producidos en la UE, la efectividad de nuestras políticas ambientales será más que discutible. Quizás podremos dar cifras muy positivas sobre el incremento de la superficie forestal en Europa o de la sostenibilidad de la agricultura, pero a costa de impactos mucho más graves en países terceros.

La nueva PAC no encajan con la ambición ni los objetivos de la Comisión y del mismo Green Deal, en términos de sostenibilidad y neutralidad climática.

Por si fuera poco, esta reducción de la presión agrícola y ganadera en los países europeos, gracias a las importaciones de alimentos, tampoco está redundando en una mejora de la conservación del patrimonio natural vinculado a estas prácticas. Los datos científicos muestran como los hábitats y las especies de cultivos, prados, pastos y espacios abiertos en general, son de las que están sufriendo un mayor descenso, conjuntamente con los ligados a los ambientes acuáticos. Por ello, la nueva PAC (Política Agraria Común) debería incorporar medidas mucho más directas y de obligado cumplimiento si se quiere revertir la situación actual, fruto de las anteriores PAC s, que no han logrado alcanzar, de lejos, los objetivos planteados.

La extraordinaria y creciente importación de alimentos (la UE es el segundo importador mundial, tras la China) está causando, por ejemplo, un gran deforestación en países como Brasil e Indonesia.
A finales de 2020, el Parlamento Europeo y el Consejo de Ministros de la UE han aprobado las bases de la nueva PAC, que han sido duramente contestadas por parte de la Comisión Europea , ya que consideran que no encajan con la ambición ni los objetivos de la Comisión y del mismo Green Deal, en términos de sostenibilidad y neutralidad climática. No son, pues buenas noticias, ya que muestran cómo los intereses del sector agrario, reticente al cambio, defendidos por los Estados miembros pueden llevar una vez más a una falta de alineamiento de las políticas sectoriales con la necesaria globalidad y transversalidad de la sostenibilidad y la conservación. Habrá que esperar a ver cómo termina decantándose este pulso político a lo largo de 2021.
Finca d'agricultura regenerativa a Les Planeses. Crèdit: Adrià Nebot.

Finca d’agricultura regenerativa a Les Planeses. Crèdit: Adrià Nebot.

Las apuestas políticas que hace España

En este marco europeo, una de las iniciativas más relevantes del gobierno del Estado español ha sido aprobar en 2020 el “Proyecto de Ley de cambio climático y transición energética“, que actualmente se encuentra en proceso de debate en el Congreso (link Proyecto de Ley). A pesar de los avances que representaría la aprobación de la Ley, nace de entrada con la misma carencia que la legislación europea (la Proposición de Ley Europea sobre el Clima), mencionada anteriormente, ya que tampoco incorpora los criterios científicos actuales, que muestran la necesidad de una reducción de las emisiones más ambiciosa para alcanzar los objetivos de neutralidad climática. Plantea, pues, unos objetivos insuficientes para alcanzar los retos climáticos con una relativa garantía de éxito. Detrás de estas insuficiencias se pueden encontrar los mismos pecados originales que en el caso europeo, es decir, una apuesta por una transición hacia las energías renovables que resulta necesaria pero incompleta, dado que no propone abiertamente la necesidad de una reducción notable del consumo de energía y, en definitiva, de un decrecimiento. Al tratarse de una ley estatal, aparecen muchos más instrumentos y regulaciones concretas que en una legislación europea, en este caso en referencia a la transición energética. En la propuesta de ley, igual que sucedía en el caso de la PAC, siguen pesando demasiado los intereses de las grandes empresas, en este caso del sector energético —por ejemplo, en la regulación de los grandes parques solares fotovoltaicos, las concesiones a las centrales hidroeléctricas o el uso de los combustibles de transición—. 14486751845_eca52ddf4f_k.2e16d0ba.fill-1200x630 En cambio, se echa en falta una apuesta decidida por fórmulas tecnológicamente más rompedoras (como el hidrógeno procedente de electrólisis), el impulso contundente, de una vez por todas, del autoconsumo, y la puesta en marcha de una reforma fiscal del sector, imprescindible y urgente para cambiar de verdad de modelo. Desgraciadamente, estamos viendo ya sobre el territorio, especialmente en la mitad sur de la península, la construcción de inmensos parques solares fotovoltaicos —por parte de las empresas habituales del sector energético—, sobre suelos fértiles o de valor para la conservación, que transportan la energía, con las pérdidas, el coste y el impacto asociado, a los grandes centros de consumo eléctrico del centro y el norte. Todo un despropósito. El mismo modelo centralizado de siempre, cambiando sólo la forma de producir la energía, en vez de incentivar la producción tan cerca como sea posible del lugar donde se consume y, en definitiva, el autoconsumo. Mientras quede un metro cuadrado de techo industrial sin placas solares, no se debería malgastar ni un palmo más de tierra para estas instalaciones.

En la propuesta de ley, igual que sucedía en el caso de la PAC, siguen pesando demasiado los intereses de las grandes empresas, en este caso del sector energético —por ejemplo, en la regulación de los grandes parques solares fotovoltaicos, las concesiones a las centrales hidroeléctricas o el uso de los combustibles de transición.

En otro orden de cosas, el proyecto de ley tampoco entra en cuestiones tan cruciales hoy en día como la calidad del aire en las ciudades y, en general, en la imprescindible transformación energética urbana. Ni en el tratamiento adecuado de los residuos agroganaderos, con la importancia que tiene este sector en España y la gran magnitud de su impacto sobre las emisiones, el estado global del medio ambiente y la conservación del patrimonio natural, en particular.

Catalunya también se pone en marcha

Finalmente, en el caso de Catalunya, el Gobierno de la Generalitat aprobó en 2018 la Estrategia del patrimonio natural y la biodiversidad de Catalunya. Desde entonces, se han podido poner en marcha algunas de las acciones clave para lograr un cambio sustancial en las políticas de conservación, como el Fondo del patrimonio natural, que se nutrirá del nuevo impuesto sobre las emisiones de los vehículos, y la Agencia de la Naturaleza de Catalunya, creada a través de la aprobación de la Ley en el Parlamento en 2020  y de la que a lo largo del 2021 se han de redactar los Estatutos para poder iniciar su desarrollo. Dos hitos principales para poder disponer de recursos económicos y de una entidad para gestionar el patrimonio de manera ágil, a falta de un tercer elemento imprescindible y largamente esperado: un marco legal que sustituya la actual y obsoleta Ley de espacios naturales, de 1985. Sin embargo, por un lado, el Fondo y la Agencia aún deben iniciar su singladura y demostrar su eficacia; por otro, estos instrumentos necesitan de un entorno político y social favorable a los cambios globales que hay que poner en marcha como país. Y de manera especialmente urgente a la vista del informe “Estado de la naturaleza en Catalunya 2020“, encargado por la Generalitat al CTFC y el CREAF, y que fue presentado a finales de año (link informe). El informe quizás no aporta grandes titulares que los especialistas no conociéramos de antemano, pero tiene la virtud de poner cifras rigurosas y actualizadas a la problemática de la conservación de la naturaleza en Catalunya, de manera clara y comprensible para la sociedad, en un ejercicio de transparencia muy loable. En el documento se puede encontrar desde el dato correspondiente a Catalunya del Living Planet Index —con una disminución de las poblaciones de fauna autóctona del 25% en los últimos 20 años, especialmente acentuada en los sistemas acuáticos (un 50%) y en los ambientes agrícolas y prados (30%)— hasta la constatación de que el cambio de usos del suelo sigue siendo la principal causa de pérdida de biodiversidad (a pesar de la creciente importancia del cambio climático y las especies invasoras).

Tenemos un país donde, por un lado, se están intensificando los usos del suelo, para su urbanización o para la agricultura y ganadería, mientras, por otro, se están abandonando grandes superficies que pierden su característico y diverso mosaico agroforestal.

Tenemos un país donde, por un lado, se están intensificando los usos del suelo, para su urbanización o para la agricultura y ganadería, mientras, por otro, se están abandonando grandes superficies que pierden su característico y diverso mosaico agroforestal. Nada muy distinto de lo que está sucediendo en buena parte de Europa. Ante esto, las acciones específicamente de conservación están consiguiendo proteger o recuperar determinadas especies o hábitats emblemáticos; pero es necesario un cambio territorial, económico y social si queremos revertir realmente la regresión actual de la naturaleza en Catalunya, así como los perjuicios que representa para la economía del país, y para la salud y la calidad de vida de nuestra ciudadanía. Un cambio que se podrá alcanzar sólo desde las políticas de conservación.

Tres escalas con tres ambiciones políticas que no cambian el paradigma

Esto es lo que tienen en común las tres escalas que hemos comentado —europea, española y catalana—, unos importantes avances en aspectos concretos e imprescindibles, como la conservación, pero que no son suficientes. Lo que necesitamos ahora no son parches para intentar mitigar un poco los estragos que nuestro modelo socioeconómico está causando sobre el patrimonio natural o sobre el clima. Ahora es el momento de cambiar de manera radical y urgente las bases mismas del modelo. La pandemia de 2020 es sólo un ejemplo de lo que todos los expertos indican que sucederá de forma cada vez más frecuente en el futuro si seguimos como hasta ahora: nuevas enfermedades epidémicas, episodios meteorológicos extremos, refugiados climáticos, muertes prematuras por entornos urbanos poco saludables…

El primer mundo, con Europa y Catalunya a la cabeza, debe impulsar y liderar el nuevo paradigma, por capacidad y por responsabilidad. Sin más dudas, sin más rebajas, sin más trampas al solitario. Hay que plantear los objetivos más ambiciosos de acuerdo con los datos científicos existentes en cada momento —y evaluar continuamente su grado de cumplimiento—, alinear todas las políticas para emprender las acciones necesarias de manera transversal e integral —no sólo un “enverdecimiento” estético para seguir haciendo lo mismo de siempre—, y contribuir a una visión global y planetaria, la única posible, en lugar de externalizar nuestros impactos negativos a otras zonas del mundo.

No resulta nada agradable tener que hacer el papel del hombre del saco, o de Nostradamus de andar por casa, advirtiendo de grandes calamidades si seguimos como hasta ahora. Pero es lo que todos los científicos llevan diciendo desde hace décadas y, de momento, sólo hemos dado pequeños pasos que resultan insuficientes. Ojalá todas las desgracias que hemos visto este 2020 sirvan para que nos lo tomemos en serio de una vez. Si no, habrán sido en vano. Seguiremos repitiendo que 2020 fue una calamidad o una mierda (con perdón) de año y que afortunadamente ya se ha terminado. Pero vendrán más. En cambio, si todo lo que nos ha sucedido ha logrado despertarnos y nos hace reaccionar de verdad, tal vez el 2020 pasará a la historia como “el año del despertar” o “el año del coscorrón”, con un significado menos peyorativo.

Podemos alzar el puño al cielo y maldecir a los dioses, a la fortuna, haciéndolos culpables de nuestra mala suerte. Al igual que hacemos cuando no llueve a nuestro gusto y lo ventilamos diciendo que en nuestro país la lluvia no sabe llover, como canta el Raimon, en lugar de reconocer como hemos alterado el clima y hemos llenado los cauces de los ríos de todo tipo de construcciones. Si olvidamos el año que hemos vivido sin una crítica a fondo y un cambio fundamental, las calamidades y desgracias del 2020 no habrán servido para nada. Sólo para colgarle el sambenito de maldito 2020. Pero entonces, desgraciadamente, no será el último con este calificativo.

Si olvidamos el año que hemos vivido sin una crítica a fondo y un cambio fundamental, las calamidades y desgracias del 2020 no habrán servido para nada.

Para acabar de una manera no tan dramática, permítanme transcribir una frase que escuché estos días no sé dónde y que me hizo gracia (me encantaría recordarlo y poder citar la fuente; si la persona en cuestión lee esto, le pido disculpas por mi mala memoria). Alguien dijo: “De hecho, ya hemos colapsado, pero, al menos, hagámoslo con estilo“. Yo quisiera ser un poco más optimista y pensar que todavía no hemos colapsado y que estamos a tiempo de darle la vuelta. Si lo hacemos de manera urgente. Y con estilo, claro. Mientras tanto, feliz 2021, y ojalá consigamos entre todas las personas que el 2020 se gane un calificativo menos lamentable.

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Doctor en Ecologia per la UAB i investigador del CREAF durant uns quants anys. Després, uns quants més treballant per la conservació dels espais naturals a l'administració pública. M'apassiona la interfície entre la recerca i la gestió, i m'agrada escriure sobre tot plegat: ciència, divulgació, opinió. I també ficció.
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