De ciencia, medioambiente y optimismo

13 de noviembre 2018

La huella humana sobre la Tierra es indudable y hasta cierto punto inevitable. La ciencia y la tecnología, lejos de contribuir a crear más desigualdades, deben poder paliar estos impactos, contribuir al progreso y mejorar el bienestar de todas las personas del mundo.

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Para Oriol.

Steven Pinker parece un optimista exagerado. Psicólogo cognitivo, profesor en Harvard, en su último libro, “En defensa de la Ilustración”, analiza las mejoras en el bienestar de los humanos que se han implementado en la historia reciente. Defiende que la capacidad racional de afrontar problemas y la aplicación del conocimiento científico han permitido que la humanidad, en su conjunto, haya mejorado sus niveles de longevidad, salud, sustento, seguridad, democracia e igualdad de derechos. Su discurso contrasta con una visión pesimista ampliamente extendida que proclama que las cosas siempre van a peor. Pinker identifica el inicio de esa visión pesimista en la reacción romántica al racionalismo ilustrado surgida en el siglo XIX y que pervive hasta nuestros días. De hecho, en los últimos tiempos se detecta una creciente corriente de opinión cuestionando el conocimiento científico. Esta opinión se apoya a menudo en sensaciones o emociones, y frecuentemente en conocimientos ancestrales o tradicionales —cuyo principal valor a menudo es su propio carácter ancestral, sin un análisis racional de sus causas o de su efectividad. La profusión actual de las llamadas pseudociencias forma parte de esta tendencia.  Por supuesto, es bueno cuestionárselo todo, y en primer lugar el propio conocimiento científico. De hecho, la autoevaluación continua forma parte de la esencia de la ciencia. Pero en un momento en que la capacidad tecnológica ha avanzado tanto, no es de extrañar un cierto efecto de péndulo que cuestione la ciencia. Pinker basa su argumentación en demostrar que las opiniones contrarias al progreso tienen escaso fundamento ya que los datos cuantitativos muestran las mejoras de la calidad de vida de los humanos en su conjunto, particularmente desde el siglo XVIII. Para ello hace servir una abrumadora cantidad de datos, algo que apreciamos los científicos, aunque algunos de esos datos sean estimaciones bastante burdas cuando retrocedemos en la historia o puedan ser contrapuestas a otros indicadores.

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Evolución histórica de la esperanza de vida en diferentes regiones del mundo. Fuente: Life expectancy – James Riley for data 1990 and earlier; WHO and World Bank for later data (by Max Roser) OurWorldInData.org/life-expectancy · CC BY-SA

La capacidad racional de afrontar problemas y la aplicación del conocimiento científico han permitido que la humanidad, en su conjunto, haya mejorado sus niveles de longevidad, salud, sustento, seguridad, democracia e igualdad de derechos. Su discurso contrasta con una visión pesimista ampliamente extendida que proclama que las cosas siempre van a peor.

Pinker dedica un amplio capítulo al medio ambiente en su libro. Siguiendo la tónica general de su discurso rechaza el ecologismo apocalíptico como una variante del romanticismo anti-ilustrado. La visión más extrema abogaría por un retorno a una Tierra sin intervención humana, lo cual implica la pérdida de algunos de nuestros estándares de bienestar. No obstante, esta visión tan extrema difícilmente tendría muchos partidarios ya que representa renunciar a ciertos avances deseables para la inmensa mayoría de los humanos, como los que proporciona la medicina que alarga la vida gracias a tecnologías a menudo sofisticadas. Aunque no en su vertiente más extrema, la visión ecologista se ha visto apoyada habitualmente por la comunidad científica, utilizando una estrategia reactiva, con llamadas desesperadas a cambiar radicalmente el funcionamiento de nuestra sociedad. Sin embargo, Pinker argumenta que las predicciones de colapso sistémico de nuestra sociedad no se han cumplido: el petróleo y otros recursos minerales que parecían destinados a agotarse en poco tiempo no lo han hecho. La ciencia ecológica no admite que los recursos sean infinitos, y uno de sus paradigmas es que las poblaciones los agotan, limitando su crecimiento demográfico. Pero la ecología también puede aplicarse a las sociedades humanas cuando considera la flexibilidad de las especies en el uso de los recursos y los mecanismos naturales de reciclaje de éstos.

No obstante, es indudable que la actividad humana, a la que obviamente no podemos renunciar, altera la Tierra y su funcionamiento, a menudo con consecuencias indeseables. El reciente reconocimiento del Antropoceno —como un periodo de la historia de la Tierra en el que la impronta humana se extiende a escala global en el registro geológico— refleja esta situación. De hecho, la historia de la Tierra está indisolublemente asociada a la vida. La novedad estriba en que nuestra intervención es desmesuradamente rápida e intensa. El reto es aprovechar nuestro potencial intelectual, social y tecnológico para minimizar los problemas que nosotros mismos creamos y llevarlos a donde los podamos tratar mejor. Puede parecer un sinsentido dedicarse a enmendar entuertos que podrían haberse evitado, pero la realidad es que somos más efectivos tratando problemas que nos acucian que gestionando imponderables. A lo largo de la mayor parte de la historia de la especie humana cada persona apenas ha vivido unas pocas décadas y su capacidad de proveerse de recursos y de gestionarlos no ha sobrepasado mucho más allá de un ciclo anual.

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Mina de coltán de Luwowo, en la República Democrática del Congo. Autor: MONUSCO/Sylvain Liechti (CC BY-SA 2.0)

El reto es aprovechar nuestro potencial intelectual, social y tecnológico para minimizar los problemas que nosotros mismos creamos y llevarlos a donde los podamos tratar mejor. Puede parecer un sinsentido dedicarse a enmendar entuertos que podrían haberse evitado, pero la realidad es que somos más efectivos tratando problemas que nos acucian que gestionando imponderables.

De hecho, el éxito del concepto de sostenibilidad es asombroso y posiblemente se trata de uno de los mayores logros de nuestro momento histórico. Consideraciones éticas aparte, la idea es extraordinariamente compleja —probablemente esa es la causa de sus limitaciones—, ya que implica un enorme grado de abstracción temporal y espacial. Proyectarse conscientemente a las generaciones venideras —no a los hijos y nietos, sino a todo el linaje per secula seculorum— no se le puede ocurrir a ninguna otra especie, ni probablemente a ningún homínido ancestral, cuyo éxito evolutivo se mide en las generaciones inmediatas. Prever que los recursos pueden agotarse de forma universal implica un conocimiento global del mundo completamente fuera del alcance de una tribu o de una sociedad local. Cuando oigo hablar de sostenibilidad, me emociono por lo que representa de compromiso ético y de conocimiento intelectual por parte de nuestra sociedad ilustrada, más que por el reconocimiento de usos tradicionales inciertos que en la mayoría de las ocasiones no tenían ni capacidad de previsión a largo plazo ni opciones para implementarla.

Sin duda el avance tecnológico asociado a la acumulación de riqueza, el consumismo y la desigualdad que promueve el sistema capitalista genera grandes problemas medioambientales y de disponibilidad de recursos energéticos y materiales, así como de acumulación y tratamiento de los residuos derivados. Muchos de estos problemas son bastante previsibles y podemos idear formas alternativas para minimizarlos antes de que se produzcan. Es lo que los científicos declaran en sus manifiestos, con un tono más o menos catastrofista. Pero no es la forma como funciona el modelo socio-económico, que prefiere retrasar tanto como sea posible la pérdida de beneficios inmediatos que implicaría una planificación a largo plazo. Sea como fuere, Pinker reconoce que la situación no es ideal y que debemos aplicarnos a fondo para solucionar esos problemas. En particular, reconoce el cambio climático como el principal reto por su complejidad y alcance global:  deberemos esforzarnos mucho para poder minimizar sus efectos, transformando completamente nuestra forma de obtener energía.

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El avance tecnológico ha comportado grandes problemas ambientales como la contaminación o el cambio climático. Fuente: Institute of Health Metrics and Evaluation (IHME). OurWorldInData.org/air-pollution/ · CC BY-SA

Cuando oigo hablar de sostenibilidad, me emociono por lo que representa de compromiso ético y de conocimiento intelectual por parte de nuestra sociedad ilustrada, más que por el reconocimiento de usos tradicionales inciertos que en la mayoría de las ocasiones no tenían ni capacidad de previsión a largo plazo ni opciones para implementarla.

Uno de los problemas de esta visión positiva ante los problemas ambientales es que los sistemas socio-ambientales son complejos y cambian rápidamente; cualquier acción entraña efectos colaterales muy difíciles de predecir a medio plazo —hay estudios que muestran que la capacidad de prever con detalle el futuro de la sociedad pierde toda fiabilidad más allá de los cinco años, incluso para los expertos más clarividentes. Debemos pues fiarnos de nuestra capacidad de reacción. Es como una carrera en la que competimos en un recorrido incierto tras unos contrincantes que siempre van por delante: estamos condenados a no ganar la carrera y nos conformamos con seguir avanzando. Puede parecer frustrante, pero es lo más normal en la actividad humana: los arquitectos hacen construcciones que saben que acabaran deteriorándose y los médicos luchan por retrasar la muerte irremediable. En el mundo real sólo existen las soluciones sub-óptimas y las inercias para implementar alternativas de cara al futuro se enfrentan al enorme poder de la incerteza. Por tanto, aun adoptando una visión optimista, debemos reconocer el papel importante de los manifiestos catastrofistas, normalmente basados en el principio de prudencia, para poner en marcha mecanismos de retroalimentación que el sistema social, particularmente el capitalista, tardaría demasiado en implementar por sí mismo, o sencillamente sería incapaz de poner en marcha. Teniendo en cuenta que este sistema se ve regulado mediante legislaciones y normativas que en primera instancia controlan las instituciones y quienes las dirigen, éstas se convierten en un objetivo natural de las reclamaciones ambientalistas. En el fondo se trata de un juego de exageraciones para alcanzar cierto grado de compromiso que reconduzca las tendencias socio-ambientales destructivas. No obstante, siempre se llega más tarde de lo deseable, mientras se agravan los problemas medio-ambientales y las situaciones de sufrimiento e injusticia llegan a situaciones inaceptables.

Los mecanismos de control del sistema capitalista acoplados a la innovación tecnológica y al avance del conocimiento son esenciales para que el uso de los recursos se racionalice y para contrarrestar la desigualdad entre las personas. Karl Polanyi, en su clásico libro The Great Transformation de 1944 ya señalaba que la apropiación privada por parte de unos pocos de la riqueza generada a partir de la innovación tecnológica produce una reacción contra el progreso por parte de los sectores sociales que sufren la desigualdad resultante. Seguramente el desapego social que observamos actualmente está relacionado con este tipo de reacción. Aun reconociendo la incertidumbre sobre los estimadores de desigualdad, algunas cifras, como que el 1% de la población mundial posea más riqueza que el resto de la población, indican que se trata de uno de los mayores problemas de la actualidad. Pinker lo reconoce, pero aduce que se trataría de un pico dentro de la tendencia histórica a su disminución, y que incluso los sectores que sufren desigualdad han visto mejorados sus estándares. Esta visión infravalora la importancia de las perspectivas emocionales, ya que los humanos, al ser una especie social, por fuerza nos comparamos con nuestros semejantes. Seguramente debemos aceptar que la riqueza asociada al progreso científico-tecnológico no se distribuye equitativamente, como no lo hacen los recursos entre las diferentes especies, pero un exceso de asimetría hace más vulnerable el sistema. Si la ciencia se desarrolla según el programa ilustrado, y éste defiende que el progreso debe repercutir en el bienestar de todos los humanos, la ciencia debe favorecer los mecanismos de control de la desigualdad. Hay estudios que muestran una correlación entre el nivel económico de las sociedades y su nivel de calidad medioambiental. La mejora de la calidad ambiental global pasa por incrementar también el bienestar de las sociedades más pobres, y eso será particularmente efectivo si el conocimiento científico colabora con regulaciones que probablemente disminuirán el beneficio del percentil más rico

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Vertedero en Ontario, Canadá. Autora: Michelle Arseneault (CC BY-SA 3.0)

La mejora de la calidad ambiental global pasa por incrementar también el bienestar de las sociedades más pobres, y eso será particularmente efectivo si el conocimiento científico colabora con regulaciones que probablemente disminuirán el beneficio del percentil más rico.

A los ecologistas no les suele gustar la idea de progreso basado en un crecimiento ilimitado. Cualquier sistema natural tiende a regularse cuando los recursos se vuelven más escasos o cuando factores externos, como las perturbaciones, destruyen una parte importante del sistema. Es por esa razón que la lógica ecológica predice que un sistema no puede mantenerse en un estado de crecimiento continuo. Es evidente que el planeta Tierra es finito y que el modelo de crecimiento continuado de explotación generalizada de sus recursos no es viable a medio o largo plazo. Aunque la explotación de recursos pueda ser cada vez más eficiente o haya sustituciones de unos recursos por otros alternativos, un modelo económico basado en el crecimiento continuo no es muy consistente con el principio de crecimiento regulado y limitado que observamos en la naturaleza. Ahora bien, para Pinker la idea de progreso significa ante todo la tendencia a mejorar la calidad de vida de las personas, y en eso puede ser más fácil ponerse de acuerdo. A ese fin, Pinker otorga un papel esencial al mantenimiento del crecimiento económico. Pero, sabemos que las medidas utilizadas para describir el crecimiento económico y su relación con los indicadores de bienestar son claramente inadecuadas. Imbricar los modelos ecológicos y socio-económicos de crecimiento es uno de los retos para conseguir hablar un lenguaje común. La idea de crecimiento basada en uno o pocos indicadores es inadecuada para describir sistemas que se vuelven más complejos y se organizan, como los socio-ecológicos. Por otro lado, un mayor crecimiento económico no tiene por qué implicar necesariamente un crecimiento en la explotación de recursos naturales. No se trata tanto de hablar de que el sistema colapsará por falta de un recurso determinado, sino de aprender de la evolución y de la ecología. La biodiversidad se ha multiplicado a lo largo de la historia, a la vez que aprovechaba y generaba nuevos recursos, integrándose en el funcionamiento de los flujos de energía y materia de los ecosistemas.

En un libro reciente (The wizard and the Prophet), Charles Mann ejemplifica el debate entre los profetas como William Vogt —que tuvieron en su cabecera la obra The Limits of Growth de 1972—, defensores del decrecimiento como única salida a una explotación creciente de recursos que ha llevado a un apoderamiento de la mayor parte de los recursos por unas élites, aprovechando el modelo capitalista, frente a los “magos” como Norman Borlaug (Premio Nobel por sus contribuciones a la “Revolución Verde” agrícola) que defienden la capacidad del sistema de resolver los problemas ambientales que genera, como sostiene Pinker. Desgraciadamente, las evidencias en un sentido u otro son incompletas. El mundo no ha colapsado, aunque los problemas ambientales y las desigualdades siguen aumentando, y nuestra capacidad de resolver cualquier problema futuro no deja de ser una especulación con un grave riesgo de caer en el exceso de confianza.

El programa ilustrado puede verse frustrado si los científicos no nos comprometemos con las inquietudes de la sociedad y generamos empatía, compartiendo la emoción de nuestros descubrimientos y participando de las aspiraciones emocionales de las personas.

Las opiniones de Pinker pueden parecer reaccionarias a primera vista. Pero creo que eso sería desvirtuar el principal mensaje que pretende dar. Pinker se ve a sí mismo heredero de la Ilustración, cuyo programa consistía en proveer a los humanos de una vida más satisfactoria mediante la aplicación del conocimiento y la racionalidad. Pero el hecho de que nuestra sociedad haya sido capaz de mejorar la esperanza de vida, la salud, la hambruna o la violencia en un mayor porcentaje de la población no evita que, en términos absolutos, el número de personas que sufren privaciones es insostenible y que existen problemas ambientales, como el cambio climático, que tiene unas dimensiones descomunales. Ante esta situación, no debemos caer en culpabilizar al conocimiento científico de esos problemas. Por el contrario, su aplicación debe permitir paliar las deficiencias en un sistema que retroalimenta las desigualdades. La actual tendencia que busca acercar la ciencia a la sociedad, con todas las reticencias lógicas que pueda haber sobre su rigor, van en esta línea. Pero difícilmente podríamos defender las bondades del conocimiento científico si no reconocemos sus éxitos. El famoso agujero de ozono proporciona un buen ejemplo. La disminución de la capa de ozono antártico como consecuencia de los avances tecnológicos constituye una grave amenaza para la salud de los humanos, además de para muchas otras especies. Actualmente el agujero de ozono se está recuperando gracias a la acción concertada de políticos, científicos, empresas y sociedad en general. Obviamente, sería mejor que los problemas no hubieran llegado a producirse. Pero la gran lección que hemos aprendido es que cuando el conocimiento científico se aplica de forma coordinada podemos paliar esos problemas. Esto es muy importante para dar sentido a la actividad profesional de los que trabajan para preservar el medio ambiente. O si no, ¿para qué sirve dedicarse a este campo si hagamos lo que hagamos el resultado es siempre desastroso? La respuesta es que efectivamente somos capaces de introducir mejoras. La conciencia ambiental ha aumentado en las últimas décadas e intentar un uso racional de los recursos minimizando el impacto ambiental se ha asentado en la agenda. Necesitamos cierta perspectiva histórica para percibir esa tendencia ya que el día a día tiende a magnificar los problemas. Hace más de quince años Lester R. Brown en su libro EcoEconomia hacía una serie de propuestas perfectamente racionales y argumentadas, algunas de las cuales, como el uso de energías alternativas, hoy ya han dejado de ser utopías y se han vuelto cotidianas.

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Estabilización y tendencia a la recuperación del agujero de ozono desde la regulación de emisiones de CFCs mediante protocolos internacionales. Fuente: NASA Ozone Watch. CC BY-SA

A diferencia de otros movimientos sociales acostumbrados a enaltecer sus éxitos, en el conservacionismo ha predominado una estrategia reactiva, más focalizada en subrayar los problemas. Quizás se debe a la propia naturaleza compleja de los sistemas naturales, que hace sumamente difícil obtener éxitos inequívocos. La situación puede provocar una frustración al conservacionista, mientras aparentemente los científicos no dejan de clamar cansinamente en el desierto. Pero la alternativa, el abandono del conocimiento, dejando el campo abierto a creencias basadas exclusivamente en opiniones o en la fe, sin fundamento realista, como ocurría antes de la Ilustración, llevaría a empeorar nuestros estándares globales medioambientales y de bienestar. Los humanos nos movemos más frecuentemente por emociones que por razones. Y el poder de las emocionas aumenta enormemente cuando se socializan y se comparten. Aunque el conocimiento ha disminuido una parte significativa de esa incertidumbre, lo cierto es que necesita la complicidad de las emociones. El programa ilustrado puede verse frustrado si los científicos no nos comprometemos con las inquietudes de la sociedad y generamos empatía, compartiendo la emoción de nuestros descubrimientos y participando de las aspiraciones emocionales de las personas. La idea la expresaba perfectamente K. Hayhoe en una reciente editorial en la revista Science cuando decía que no basta que los científicos expliquen los hechos si el interlocutor no se siente emocionalmente ligado al científico (porque son vecinos, tienen hijos o comparten la misma religión).  Afortunadamente, se ha conseguido que la noción de la naturaleza transmita valores positivos a nuestra sociedad. La ecología debe compartir ese afecto e interés por la naturaleza haciendo propuestas en positivo y racionalizando el catastrofismo. A la vez, debe empeñarse en dos ingentes tareas: por una parte, explicar los riesgos de que determinadas creencias infundadas, más ligadas al esoterismo que a la razón, lleguen a convertirse en auténticos paradigmas; por otra, contribuir a mostrar como el uso actual de los recursos del planeta, basado principalmente en el beneficio privado, resulta poco compatible con el bienestar de la sociedad humana en su conjunto.

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Francisco Lloret
Professor d’Ecologia de la UAB. Investigador del CREAF en temes d’ecologia de la vegetació i canvi global. President de l’Asociación Española de Ecología Terrestre.
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