Ecología pragmática

11 de diciembre 2019

Recientemente el amigo Paul Zedler me planteaba una cuestión entre insidiosa y filosófica: nuestra actividad científica para analizar procesos, para establecer relaciones causales, no tiene ninguna trascendencia si no se traduce en acciones. No tuve más remedio que responder afirmativamente para no parecer subido a la famosa torre de marfil.

LLa restauración ecológica a menudo ha centrado su atención en graves alteraciones en el paisaje como la minería a cielo abierto

La restauración ecológica a menudo ha centrado su atención en graves alteraciones en el paisaje como la minería a cielo abierto. Crédito: Pixabay/Public Domain.

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Por supuesto, puede haber muchos tipos de acciones, como la publicación de nuestra investigación en revistas científicas o su divulgación a la sociedad. Pero esas no dejan de ser acciones auto contenidas en la propia práctica científica. En contraposición, la restauración ecológica, la conservación de la biodiversidad, o la utilización y gestión sostenible de los recursos naturales son actividades con resultados más tangibles. Creo que representarían mejor lo que planteaba Paul. Históricamente, a estas disciplinas les han colgado con frecuencia la etiqueta de aplicadas y han sido relegadas a un segundo plano por los ecólogos más puros, habitualmente dominantes en la academia. Pero seguramente deberíamos cambiar esa percepción y ver estas disciplinas como piedras angulares de la ciencia de la Ecología, ya que es en ellas donde se ponen a prueba plenamente los conocimientos teóricos, tratando de construir algo nuevo en vez de desmenuzar la realidad.

El conocimiento científico disminuye las probabilidades de consecuencias aleatorias de nuestras acciones, aproximándonos más a los objetivos propuestos. La intuición puede engañarnos y alejarnos de los objetivos que motivaron nuestras acciones, sin contar con que puedan existir manipulaciones interesadas.

Contraponer la comprensión de los procesos naturales frente a la acción tiene derivadas interesantes. Por ejemplo, si una misma acción resulta de un elaborado proceso científico, pero también de una decisión intuitiva o casual, ¿para qué sirve tanta ciencia? En muchas universidades de Norteamérica, a la hora de tratar problemas relativos a los espacios naturales, existe una necesidad de integrar el punto de vista de las comunidades nativas (Native Nations). A menudo, la cosmovisión de la ciencia y la de esas sociedades nativas tienen poco en común, aunque pueden compartir objetivos, como el de preservar la naturaleza. En nuestra sociedad también escuchamos a menudo argumentaciones basadas en creencias o intuiciones con poco fundamento racional. ¿Cómo trabajar juntos cuando los argumentos a favor o en contra de un programa de conservación o de restauración son del tipo “lo ha dicho el viento”, “me lo dice el corazón” o “sale en mi modelo estadístico”? Estos argumentos, ya sean “intuitivos” o “científicos”, suenan igualmente arbitrarios cuando los dice la otra parte. Podemos desarrollar sofisticadas argumentaciones racionales, pero son poco comprensibles para la mayoría de las personas. La solución a este problema es más fácil si nos acogemos a la estadística. El conocimiento científico disminuye las probabilidades de consecuencias aleatorias de nuestras acciones, aproximándonos más a los objetivos propuestos. La intuición puede engañarnos y alejarnos de los objetivos que motivaron nuestras acciones, sin contar con que puedan existir manipulaciones interesadas. El método científico tiene otra ventaja: es intrínsecamente revisable y se adapta con relativa facilidad a los nuevos conocimientos y contextos. De ahí su éxito, siempre que compense su difícil comprensión con un número suficientes de réplicas, y con una apreciable ración de confianza.

Paul Zedler y el autor de Festina lente en un receso de sus discusiones sobre ecología y filosofía. Crédito: Francisco Lloret.

Paul Zedler y el autor de Festina lente en un receso de sus discusiones sobre ecología y filosofía. Crédito: Francisco Lloret.

Muchos científicos se sienten cómodos con estas ideas, ya que describen bastante ajustadamente el proceso de comprobar experimental o empíricamente las hipótesis como una buena manera de mejorar el conocimiento que damos por verdadero.

Los argumentos que ponen en valor la acción están firmemente apoyados por la corriente filosófica conocida como pragmatismo. Esta escuela de pensamiento se desarrolló en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX y continua vigente. Sintéticamente, postula que la verdad no radica en nuestras conceptualizaciones mentales, sino que emerge de sus consecuencias. Por tanto, esa verdad, soportada por las acciones que se derivan de ella, no es absoluta, sino que es susceptible de cambio conforme mejoramos nuestros modelos explicativos del mundo. Esta corriente filosófica se desarrolló a la vez que el método científico se afianzaba. Muchos científicos se sienten cómodos con estas ideas, ya que describen bastante ajustadamente el proceso de comprobar experimental o empíricamente las hipótesis como una buena manera de mejorar el conocimiento que damos por verdadero.  Quizás este pensamiento pragmático haya influido más en la ecología desarrollada en Norteamérica que en otras partes del mundo -excepto seguramente Australia donde la investigación ecológica tiene un claro componente aplicado-.  Así, la Ecological Society of America hace años que publica documentos con vocación de proporcionar información directa a profesionales de la “acción ecológica” -no confundir con el “activismo ecologista”-. En la misma línea, la British Ecological Society acaba de lanzar una nueva revista: Ecological Solutions and Evidence.

También fue en Estados Unidos, donde se inició por primera vez la práctica de la restauración en la Curtis Prairie, dependiente del Arboretum de la University of Wisconsin. En las proximidades de la ciudad de Madison se pueden visitar las 25 ha en las que se ensayaron diferentes procedimientos para la germinación de más de 200 especies herbáceas, se combinaron tratamientos de quema y laboreo en diferentes parcelas y se sigue actuando y monitorizando en un proceso de aprendizaje continuo. En esa parte del mundo la restauración ecológica es una actividad en la que habitualmente participan, de forma conjunta, el mundo académico, las organizaciones conservacionistas y las administraciones públicas. Allí la restauración se aplica habitualmente a extensiones importantes de zonas húmedas y redes fluviales, sistemas dunares, praderas, bosques y toda una variedad de ecosistemas. Aquí solemos focalizar las restauraciones en espacios generados por obras civiles, como vías de comunicación, o por explotaciones mineras, o en humedales y zonas costeras y fluviales, todas ellas intensamente afectadas por la acción humana. Pero también son frecuentes los paisajes periurbanos degradados, antiguas explotaciones agropecuarias o industriales, con una dinámica sucesional congelada desde hace decenios, en la que se mantienen matorrales y herbazales empobrecidos, repletos de especies exóticas. Uno no deja de pensar que este tipo de sistemas abandonados a su suerte también merecerían ser restaurados.

Prairie Curtis, primera restauración ecológica llevada a cabo en 1936 en las proximidades de Madison, Wisconsin, bajo el asesoramiento de Aldo Leopold. Crédito: Francisco Lloret.

Prairie Curtis, primera restauración ecológica llevada a cabo en 1936 en las proximidades de Madison, Wisconsin, bajo el asesoramiento de Aldo Leopold. Crédito: Francisco Lloret.

El lema sería algo así como "si queremos un sistema natural plenamente funcional, mejor utilicemos sus propias herramientas de una forma integrada".

A menudo vemos la restauración ecológica de forma demasiado parcial. La restauración ecológica podría describirse como la práctica para conseguir que un sistema ecológico alterado se transforme en un ecosistema con unas condiciones que suponemos mejor. Puede corresponder a la situación anterior a la alteración, o más probablemente a un ecosistema más o menos parecido, pero con unas propiedades que consideramos adecuadas. Enraizada indisolublemente en principios ecológicos, esta idea de restauración tiene una visión global del sistema, y considera que opciones encaminadas a preservar únicamente determinadas funcionalidades, como, por ejemplo, evitar la erosión, tienen objetivos demasiado parciales y suelen acarrear nuevos problemas. El lema sería algo así como “si queremos un sistema natural plenamente funcional, mejor utilicemos sus propias herramientas de una forma integrada”. Puesto que los sistemas naturales son complejos por naturaleza, es imposible la reconstrucción pieza a pieza, pretendiendo que funcione todo el conjunto. Por eso, Joy Zedler, una de las mejores expertas mundiales en restauración de zonas húmedas, y pareja de Paul, no tiene mucha confianza en la aproximación ingenieril a los problemas de la restauración.

Joy y Paul viven en una antigua granja junto al lago Waubesa en Wisconsin, que contiene una parte importante de los Wabesa Wetlands. Joy es una gran enamorada de las grullas y de los humedales, los cuales percibe como un reservorio de biodiversidad y una fuente de importantes servicios ecosistémicos. Joy bebe de las fuentes de Aldo Lepold, pionero del conservacionismo que vivió en esta región en los primeros decenios del siglo XX, y está pendiente de si este año los agricultores tendrán dificultades en recolectar el maíz por que en primavera llovió hasta tarde y las mazorcas no están teniendo suficiente tiempo y sol para madurar antes del invierno, o si por el mismo motivo el cambio otoñal del color de las hojas de los árboles se presenta particularmente fugaz. La naturaleza es demasiado complicada para ser encapsulada por el hormigón. Una estrategia más eficaz es implementar procesos y especies clave que permitan que el sistema tienda a reorganizarse de una forma integrada. Un ejemplo de esta estrategia sería controlar la cantidad y la calidad del agua de entrada en humedales e incorporar especies hidrófitas que colonizan y regulan esos ambientes, a la vez que generan nuevos hábitats y recursos.

Los humedales proporcionan importantes servicios y su alteración por la actividad humana a menudo requiere acciones de restauración ecológica.

Los humedales proporcionan importantes servicios y su alteración por la actividad humana a menudo requiere acciones de restauración ecológica. En esta foto, las marismas de Els Muntanyans en Torredembarra. Crédito: Franciso Lloret.

Esta interacción entre ingeniería y ecología también se manifiesta en los artificios humanos. Desde hace unos años, ha surgido una importante corriente en el diseño, particularmente de los espacios habitados y las ciudades, que aboga por incorporar soluciones basadas en la naturaleza. Esta idea está íntimamente relacionada con la Biomímesis (Biomimicry), una disciplina que aplica principios biológicos a cuestiones tecnológicas, como el diseño de nuevos materiales. Sabemos que la proximidad de numerosos elementos naturales como el agua, el cielo, la vegetación, las rocas, y en menor escala las plantas, los acuarios o los animales de compañía proporcionan sensaciones que mejoran nuestra calidad de vida. Pero la cosa no es tan sencilla cuando queremos usar la naturaleza como un atajo barato a problemas ambientales tecnológicamente complejos.

En primer lugar, por que no es tan barato: mantener un sistema biológico en un entorno artificial tiene costes, ya que debemos incorporar flujos que en la naturaleza se dan sin aparente esfuerzo. Por ejemplo, en una cubierta verde debemos acondicionar sistemas de drenaje del agua, que en la naturaleza penetra y fluye por el subsuelo, si no queremos tener costosos problemas de filtraciones en el edificio. Todos los jardineros saben que mantener a raya las plagas que se alimentan de las plantas de los parterres es más caro en las ciudades, donde las redes tróficas están depauperadas y los depredadores de esas plagas son escasos, que en un medio rural o natural.

En segundo lugar, podríamos pensar que un sistema construido en base a piezas biológicas se organizará rápidamente y se mantendrá indefinidamente a lo largo del tiempo. La capacidad adaptativa de los seres vivos avalaría esta presunción. Pero la evolución necesita bastante tiempo para implementarse. Aunque ocasionalmente podamos ver algunos procesos adaptativos rápidos, a menudo es más fácil que las especies se muden a vivir a otro sitio mejor.

Las paredes verdes son un ejemplo de solución basada en la naturaleza que aprovecha la regulación térmica proporcionada por las plantas. Crédito: Pixabay/Public Domain.

Las paredes verdes son un ejemplo de solución basada en la naturaleza que aprovecha la regulación térmica proporcionada por las plantas. Crédito: Pixabay/Public Domain.

No debemos dejarnos llevar por una euforia naíf y pensar que los sistemas biológicos solucionarán por sí solos todos nuestros problemas.

Cuando miramos el sistema en su conjunto, la mutua regulación de los procesos que lo constituyen necesita su tiempo, sobre todo cuando sus artífices son organismos de vida larga, con una inercia que provoca que sus tasas demográficas sean relativamente lentas. Los legados evolutivos e históricos -los ecosistemas trabajan con los organismos que tienen disponibles- hace que la eficiencia de los sistemas ecológicos sea sub-óptima y no obtengan los mejores resultados teóricamente posibles. Aunque esta ineficiencia no tiene que ser peor que la que obtendríamos con un sistema completamente artificial, no debemos dejarnos llevar por una euforia naíf y pensar que los sistemas biológicos solucionarán por sí solos todos nuestros problemas. Además de ponerlos en marcha, deberemos acompañarlos, cuidarlos, suplementar recursos o energía.

En el año 2015 el escritor Kim Stanley Robinson publicó la novela de ciencia ficción Aurora en la que una colonia de humanos viaja durante generaciones en naves espaciales constituidas por ecosistemas o biomas que mimetizan los de la Tierra: bosques, praderas, desiertos. En cada módulo de la nave se asienta una comunidad de humanos plenamente integrada en uno de esos biomas. La narración aborda el gran reto de estos humanos por preservar el funcionamiento de esos ecosistemas, con unos flujos de energía y materia finamente regulados, pero de un tamaño reducido y aislados entre sí. Es un ejemplo literario de lo que probablemente será una importante nueva disciplina, la terraformación - creación de ecosistemas completos fuera del entorno terráqueo -, directamente derivada de la ecología teórica y la restauración. El proyecto Biosfera II en Arizona puesto en marcha en 1991 – una construcción aislada del exterior, habitada por microorganismos, plantas, animales y humanos que pretende construir un ecosistema con todos sus elementos auto-manteniéndose en el tiempo – habría sido el pionero de este futuro ejercicio profesional para ecólogos.

Proyecto Biosfera II en Arizona, un intento de construir artificialmente ecosistemas.

Proyecto Biosfera II en Arizona, un intento de construir artificialmente ecosistemas. Crédito: hakaimagazine/courtesy of the University of Arizona.

Sin duda, la restauración ecológica está ligada a la gestión sostenible y a la conservación, las otras grandes “acciones” derivadas del conocimiento ecológico. Acaso ¿no pueden considerarse prácticas de restauración las intervenciones después de un incendio devastador encaminadas a recuperar la cubierta vegetal con especies autóctonas y así preservar la regulación hídrica del sistema?, ¿no lo son las acciones destinadas a mejorar el hábitat y así incrementar las poblaciones de especies amenazadas?, ¿no lo son las prácticas destinadas al mantenimiento de la biodiversidad en explotaciones agrícolas? Todas ellas necesitan un importante fundamento de conocimiento teórico que a menudo debe suplir el desconocimiento de cómo funciona concretamente el ecosistema en el que se quieren implementar determinadas propiedades. Ello suele representar un salto en el vacío que hace sentir, por una parte, incómodos a los ecólogos académicos, y, por otra arte, frustrados a los que ejercen la restauración ecológica. El conocimiento únicamente reduce esa incertidumbre, pero no asegura el éxito de nuestras predicciones y acciones en los complejos y cambiantes sistemas naturales. Para trabajar en ese contexto sorprendente y en continua transformación, hemos inventado la gestión adaptativa. Se trata de una aproximación a la gestión del medio natural- basada en diseñar, ejecutar, evaluar y rehacer nuestros diseños previos en una serie de iteraciones – que aprende de sus equivocaciones, añade racionalidad a la clásica práctica de prueba y error. Así esperamos minimizar el número de intentos estériles, como hicieron aquellos ecólogos que un día decidieron recuperar un hálito de las diezmadas praderas del medio oeste norteamericano.

 

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Francisco Lloret
Professor d’Ecologia de la UAB. Investigador del CREAF en temes d’ecologia de la vegetació i canvi global. President de l’Asociación Española de Ecología Terrestre.
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