Paraísos perdidos

19 de septiembre 2019

Es un tópico, pero bastante acertado, que no hay más paraísos que los perdidos. Por tanto, el título de este Apunte es reiterativo. Pido excusas por ello.

Mapa de Mesopotàmia. Font: Goran Tek-en CC BY-SA 3.0.

Mapa de Mesopotamia. Fuente: Goran Tek-en CC BY-SA 3.0.

Durante muchos siglos, en Occidente se creía que el Paraíso terrenal existía y estaba situado en un lugar desconocido o, por lo menos, inaccessible, de Oriente, en Mesopotamia, Arabia o más lejos, según unos rodeado de una muralla de fuego, pero del que salían ríos (el Éufrates, el Tigris,… tal vez el Ganges) cuyas aguas arrastraban las más aromáticas especias, como el clavo, la canela, la pimienta, el jengibre, la nuez moscada, etc. así que era necesario situarlo en un promontorio, ya que de él bajaban ríos caudalosos, pero las nociones geográficas sobre Oriente de los occidentales han sido pobrísimas hasta hace tan sólo un par de siglos. El Paraíso estaba en una montaña rodeada de fuego, puede que en una isla: la inaccesibilidad era condición necesaria para el misterio. Y se creía que era rico en especias de insólitas propiedades (dietéticas, gastronómicas, médicas, afrodisiacas, de conservación, etc.) que no se encontraban en ningún otro lugar. Como las especias venían de Oriente no se sabía mucho cómo ni de dónde, pero con gran dificultad y peligro, su coste exorbitante y el misterio que las envolvía les daba un prestigio inmenso y no es extraño que se las relacionara con religiones cristianas o paganas y que se empleasen ofrendas a los dioses. Algunas especias venían, efectivamente, de islas remotas, como el clavo, que procedía de unas pocas y pequeñas islas de las Molucas, o la canela, originaria de Ceilan, el actual Sri-Lanka.

Espècies d'olor: canyella, clau d'olor, pebre i altres.

Especias de olor: canela, clavo e olor, pimienta y otros.

Extinción de especies en islas

Para los naturalistas, las islas en general (de mar o, como los tepuyes, de montaña) siempre han tenido un atractivo especial, y no tanto en busca de alguna especia como por la diversidad de especies. Es bien sabido que las islas son, a menudo, ricas en endemismos y encontrar especies desconocidas es algo parecido al paraíso del naturalista. La evolución es a menudo bastante rápida cuando una población de una especie queda aislada de las otras poblaciones y, aunque esto puede ocurrir en otros casos, en las islas es lo usual. También es sabido que precisamente el estudio de unas islas, las Galápagos, fue uno de los momentos cruciales en el desarrollo de la teoría de la evolución de las especies por Darwin.

Tasas de inmigración de nuevas especies y extinción de especies insulares en función del número de especies presentes en la isla, el tamaño de la isla y la distancia al territorio de origen de las nuevas especies. Fuente: elaboración propia a partir de diversas fuentes. Fuente original: MacArthur y Wilson.

Tasas de inmigración de nuevas especies y extinción de especies insulares en función del número de especies presentes en la isla, el tamaño de la isla y la distancia al territorio de origen de las nuevas especies. Fuente: elaboración propia a partir de diversas fuentes. Fuente original: MacArthur y Wilson.

Uno de los libros de ecología más famosos, La teoría de la biogeografía insular, de Robert MacArthur y E.O. Wilson, nos explica cuáles son los procesos que determinan la riqueza de especies en las islas (colonización y extinción) y el punto de equilibrio entre la curva ascendente de llegada de nuevas especies y la descendiente de extinción en la isla, es decir, el número de especies que finalmente se alcanza. Este depende de la distancia al continente (cuánto más cerca esté la isla, más elevadas son las tasas de colonización) y del tamaño de la isla (cuánto mayor sea, más grandes pueden ser las poblaciones de las especies y menores las tasas de extinción, y también es más fácil la llegada de especies desde el continente). La teoría es sencilla y elegante y permite tests experimentales, como demostraron Wilson y Simberloff (1969) con siete minúsculas islas (de 11 a 18 m de diámetro) de manglar de Florida Bay y 20-50 especies de artrópodos cada una, que eliminaron aplicando insecticidas bajo tiendas que cubrían toda la superficie de cada isla, para seguir luego los procesos de recolonización.

Lèmur de Madagascar. Foto: Lídia Chaparro.

Lémur de Madagascar. Foto: Lídia Chaparro.

Debido al aislamiento el porcentaje de endemismos en las islas puede ser muy elevado. En Madagascar, un verdadero archivo de tesoros biológicos en gravísimo peligro, el 80% de las especies terrestres son endémicas (esto incluye los fascinantes lémures). Es una isla muy grande, donde por desgracia el ritmo de alteración por la actividad humana es muy elevado. Pero, como explica la teoría de MacArthur y Wilson, el riesgo de extinción aumenta cuando las islas son pequeñas. Y la acción directa o indirecta de los humanos está acelerando las extinciones de manera especialmente brutal en las islas. En muchas de ellas, la introducción por los humanos de mamíferos o reptiles terrestres como perros, gatos, cerdos, ratas, o serpientes ha causado la rápida desaparición de pájaros que nidificaban en el suelo, ya que en su historia evolutiva no habían tenido nunca depredadores terrestres.

Hay muchísimos ejemplos, pero me limitaré a algunos. La culebra parda arborícola Boiga irregularis, una serpiente que suele medir 1-2 m de longitud pero puede llegar a 3 m y que posee un veneno mucho más tóxico para los pájaros que para los mamíferos y prácticamente inofensivo para el hombre, llegó a la isla de Guam (que mide 10×50 km y tiene unos 170.000 habitantes) en algunos barcos americanos después de la Segunda Guerra Mundial, desde Papúa-Nueva Guinea. No encontró depredadores y su proliferación (hoy se calcula que hay dos millones de individuos) ha tenido efectos en cascada. Lo primero que se vio, ya en los 1980, fue la extinción de diez de las doce especies de pájaros autóctonos, una de ellas única en el mundo. Los murciélagos también están a punto de desaparecer, como casi todos los pequeños mamíferos forestales. Después, se ha observado que, con la falta de los pájaros que diseminaban las semillas, el nacimiento de nuevas plántulas de árboles ha disminuido en más de un 90%. Desde hace unos seis años, se emplean ratones muertos envenenados con paracetamol en un intento de reducir la población de las culebras. Pero se detectan regularmente serpientes de esta especie en aviones que vuelan de Guam en Hawai, así que el riesgo de expansión a otras islas es alto.

El riesgo de otras serpientes invasoras existe, p.e. la culebra real de California (Lampropeltis californiae) en Gran Canaria o la culebra de herradura (Hemorrhois Hippocrepis) y la culebra de escalera (Rhinechis scalaris) en Ibiza y Formentera. Estas últimas ponen en peligro a la lagartija endémica Podarcys pityusensis y quizás a la pardela balear (Puffinus muritanicus) que anida en islotes, ya que la serpiente de herradura puede nadar y podría llegar a los refugios de esta especie en peligro.

Boiga irregularis. Foto: Pavel Kirillov CC BY-SA 2.0.

Boiga irregularis. Foto: Pavel Kirillov CC BY-SA 2.0.

Uno de los casos de extinción más célebres, por ser de los primeros documentados (finales del siglo XVII), es el del dodo (Raphus cucullatus), una columbiforme no voladora endémica de las islas Mauricio que alcanzaba un metro de altura y casi 20 kg de peso, con un pico capaz de romper los cocos, y que, para su desgracia, ponía los huevos en nidos a nivel del suelo, dado que no había tenido nunca depredadores. La extinción fue causada sobre todo por la depredación por especies introducidas por los humanos (cerdos, ratas, monos, etc.) y por los propios humanos que consumían los huevos y comerciaban con las plumas de este pájaro.

Pintura d'un dodo amb dos espècies de lloros. Autor: Roelant Savery (dècada del 1620). Donació de G. Edwards al British Museum.

Pintura de un dodo con dos especies de loros. Autor: Roelant Savery (década de 1620). Donación de G. Edwards al British Museum.

Desde el punto de vista de la biodiversidad, el archipiélago de Socotra, entre el Mar Rojo y el Índico, perteneciente al Yemen, es todavía un paraíso. Son endémicas el 37% de especies de plantas, entre ellas dragos y Dendrosicyos socotranus, el árbol pepino, el 90% de las de reptiles y hasta el 95% de las de caracoles terrestres. El árbol pepino tiene problemas porque lo cortan cuando hay sequía y se le saca la pulpa para dar de comer a las cabras. La isla principal, Socotra, mide 100×45 km, tiene una población que no llega a 40.000 personas y viven en ella unas 700 especies de plantas endémicas. El aumento de la población de cabras y el cambio climático son peligros importantes para este lugar, reconocido como patrimonio natural por la UNESCO, pero a ello hay que añadir la guerra que sufre el Yemen y, cuando acabe, el interés que ya manifiestan los Emiratos para promover el turismo de lujo. Para los naturalistas, Socotra es un paraíso en peligro, como Madagascar y muchas otras islas.

Drago de la illa de Socotra (Iemen). Foto: Rod Waddington CC BY-SA 2.0.

Drago del archipiélago de Socotra (Yemen). Foto: Rod Waddington CC BY-SA 2.0.

Extinción de pueblos y culturas en islas

Permitidme recurrir, como hago a menudo, a la literatura, y a uno de los autores que más amo desde que empecé a leer (no soy demasiado original, si el lector duda entre Robinson Crusoe y La isla del tesoro os aclararé que el autor al que me refiero es Robert Louis Stevenson, en mi opinión superior a Defoe. Robinson es un personaje paradigmático, de hecho la encarnación literaria de la superioridad intelectual y cultural del hombre británico que convenía al imperialismo victoriano, un tipo totalmente antagónico al Kurz de Conrad en El corazón de las tinieblas o al triunfo de la barbarie de la fuerza en la pequeña sociedad de los adolescentes náufragos de El señor de las Moscas, de William Golding, 1954, que inspiró la canción Lord of Flies de Iron Maiden:

I don’t care for this world anymore
I just want to live my own fantasy
Fate has brought us to these shores
What was meant to be is now happening
I’ve found that I like this living in danger
Living on edge it makes feel as one
Who cares now what’s right or wrong,
It’s reality
Killing so we survive
(…)
We don’t need a code of morality
I like all the mixed emotion and anger
It brings out the animal the power you can feel
And feeling so high on this much adrenalin
Excited but scary to believe what we’ve become

Saints and sinners
Something within us
We are lord of flies).

Pero volvamos a Stevenson que, vaya descubrimiento, es uno de los más grandes narradores que han existido. Por cierto, en La Isla del Tesoro también hay un inglés abandonado tres años antes por los piratas, Ben Gunn, pero este no es un “civilizador” como Robinson sino un ser enigmático que ha caído en un estado medio salvaje y enloquecido… Quizás un escocés como Stevenson no tenía la misma visión del papel de los ingleses como civilizadores que Defoe. Su visión del náufrago es más comprensiva con el hecho de que el hombre es un animal social y que la soledad absoluta es difícil de soportar. Pero no hablaré aquí de tesoros escondidos por piratas en islas remotas sino de un breve ensayo de Stevenson que forma parte de la recopilación Memoria para el Olvido: los ensayos de Robert Louis Stevenson, editado por Siruela en 2005 y que se llama simplemente Muerte (la edición en inglés original se halla en la recopilación In the South Seas de 1896, en el capítulo Deathhttp://www.archive.org/stream/southseasbeing00stev#page/n13/mode/2up).

Robert Louis Stevenson amb la Princesa Lilioukalani, cap al 1889.

Robert Louis Stevenson con la Princesa Lilioukalani, hacia 1889.

Stevenson, artista romántico, era tísico, dos condiciones tan a menudo unidas (recordemos entre otros los casos de Schiller, Keats, Shelley, Poe, Novalis, Lamartine, Walt Whitman, Chejov, Modigliani, las tres hermanas Brontë, Bécquer, Chopin, Paganini, Grieg, Weber, Thoreau, Marie Duplessis -la bella demi-mondaine que inspiró los personajes de Margarita Gautier y de la Violetta de La Traviata-, Elizabeth Siddal, esposa y musa del prerrafaelita Dante Gabriel Rosetti, la madre y la hermana de Edward Munch que inspiraron muchas obras suyas, entre ellas El grito, etc . La tisis, llamada la peste blanca, afectó también considerablemente a la poesía catalana (Jacint Verdaguer, Joan Salvat-Papasseit, Màrius Torres, Bertomeu Rosselló-Porcel, Blai Bonet …) y generó un peculiar canon de belleza: jóvenes de aspecto lánguido, cara lívida y figura estilizada.

Todo el mundo sabe que Stevenson vivió sus últimos años en los Mares del Sur, en un intento por mejorar su salud, y murió en Samoa. Pero no es de su muerte de lo que habla en este hermoso y triste ensayo, sino de la de un pueblo entero, los habitantes de las Marquesas, en la Polinesia francesa, donde, por cierto, se refugiaron durante sus últimos años, a la búsqueda de un paraíso (en Atuona, en la isla de Hiva Oa), otros dos célebres artistas, Paul Gauguin y, mucho después, Jacques Brel. Parece que, en el siglo XVI, la población total de estas islas era de cerca de 100.000 habitantes, pero a comienzos del s. XX se había reducido a unos 2.000. Actualmente, son unos 9.000. De los pobladores que conoció dice Stevenson que “son quizás la raza más bella que existe”, los hombres medían en promedio un metro ochenta, y eran musculosos y ágiles, sin grasa. Las mujeres las describe como más gruesas y apagadas pero sin embargo de buen ver. Gente sana, que se apartaba del canon romántico, pero Stevenson tenía razones personales para encontrar belleza en la salud y no en la tisis. Jack London, otro aventurero e inventor de aventuras literarias, fotografió algunas de aquellas personas de Nuku Hiva en 1896, un par de años después de que Stevenson muriera en Samoa, dejando un valioso testimonio gráfico.

R. L. Stevenson amb la seva família i la comunitat de Samoans, cap al 1890. Foto: Alfred John Tattersall.

R. L. Stevenson con su familia y la comunidad de Samoanos, hacia 1890. Foto: Alfred John Tattersall.

Stevenson denuncia, en el ensayo citado, que aquella gente tan bella y sana ya no son así y que están muriendo a montones. Y pone ejemplos. Cuando el obispo Dordillon llegó a Taihohae, capital de Nuku Hiva, la más grande de las islas Marquesas, había miles de habitantes, pero poco después de la muerte del obispo Stanislao Moanatini contó sólo ocho supervivientes. En el valle de Hapaa (Stevenson reprocha a Melville -H. Melville. 1846. Typee: A Peep at Polynesian Life, libro que ya mencioné en mi artículo Leviatanes- que haya entendido mal el nombre y lo transcriba como Harpar), había una tribu de cuatrocientas personas cuando llegó la viruela, que la redujo a un centenar, y seis meses después apareció la tisis: al cabo de dos años sólo un hombre y una mujer escaparon de aquel lugar.

El autor escocés describe su viaje a través de Nuku Hiva, de Anahí en la bahía de Hatiheu entre vestigios de poblados abandonados y lápidas que los pocos cientos de supervivientes de Taipa no se atreven pisar. Son gente que ven la extinción inevitable de su raza. Habla de suicidios, sabe de tres que se han ahorcado pero la mayoría se envenenan con frutos del eva (no he encontrado a qué planta se refiere). Pero lo que le parece más grave es la depresión generalizada y la aceptación del fin de la nación. La gente ya no busca los placeres ni el baile, y las canciones se olvidan, los jóvenes no las aprenden. Se abandonan las producciones porque no hay sucesores a quienes dejar una tierra trabajada. Y el terror antiguo de los fantasmas caníbales en que creen esa gente se extiende porque los muertos son muchos más que los vivos. El ensayo termina con esta frase:

Imaginad a los que quedan acurrucados junto a las brasas del fuego de la vida, tal y como los antiguos indios piel-rojas, solos en la marca fronteriza y en la nieve, la bondadosa tribu desaparecida, la última llama apagándose, la noche alrededor poblada de lobos.

El drama de la extinción: ¿lo entendemos mejor cuando nos lo cuentan así? Hemos asistido y seguimos asistiendo impasibles a la extinción de culturas y poblaciones humanas… ¿Podemos esperar sensibilidad para pájaros, mamíferos, peces o árboles? ¿Pensó mi admirado Stevenson que otros tísicos como él, sifilíticos  y portadores de muy diversas enfermedades que le precedieron habían sido la causa principal de la extinción de las poblaciones nativas? Probablemente sí, y esta idea no debió ayudarle en su tristeza.

Maleïts viatgers

Claude Lévy-Strauss comienza su libro más famoso, Tristes trópicos (1955) con esta frase: Odio los viajes y a los exploradores. Dicho por un antropólogo que ha hecho mucho trabajo de campo, es una afirmación al menos chocante. Pronto lo comprenderemos:

Lo que de entrada nos mostráis, viajes, son nuestros residuos arrojados a la cara de la humanidad. Comprendo entonces la pasión, la locura, la mentira de las narraciones de viajes. Aportan la ilusión de lo que ya no existe y que todavía debería estar allí, para escapar a la arrolladora evidencia de que han pasado veinte mil años de historia. Ya no hay nada que hacer: la civilización ya no es aquella flor frágil que se preservaba, que se desarrollaba con mucho trabajo en algunos rincones abrigados de un campo rico en especies rústicas, amenazantes sin duda por su vivacidad, pero que también permitían variar y revigorizar las simientes. La humanidad se instala en el monocultivo; se dispone a producir la civilización en masa, como produce la remolacha. Su menú no comportará más que este único plato.

Levy-Strauss al 2005. Foto: Michel Ravassard / UNESCO.

Claude Lévy-Strauss en 2005. Foto: Michel Ravassard / UNESCO.

Lévy-Strauss odiaba la intrusión, la destrucción de la naturaleza y de las culturas, y la homogeneización. Sin duda odiaba el turismo. Para el autor francés, que escribía esto cuando la población humana en todo el mundo era menos de un tercio de la actual, nuestra sociedad pretende ennoblecer a los primitivos y sus costumbres y rituales en el mismo momento en que los acaba de destruir, cambiando personas y cultura por diapositivas en color. Lévy-Strauss hace, con conocimiento de causa, un balance crítico sobre su propia actividad científica de antropólogo. En otro punto, también señala uno de los espectros que están en el presente y parecen esperarnos en el futuro de la especie: el crecimiento demográfico genera la tentación de negar a una parte de la especie la calidad humana, como ocurrió en Europa durante una veintena de años bajo el nazismo, y como ya había pasado mil años antes en la India, donde se estableció el régimen de castas.

Roberto Calasso (2018) habla de los humanos modernos que han dejado de creer en dioses, a los que clasifica como Homo saecularis, y dice que este tipo de humanos es, inevitablemente, un turista, y no sólo cuando viaja ya que el zapping y los links forman una gran parte de su vida mental. No obstante, parte del turismo siente cierto desprecio hacia los turistas, no se identifica con ellos y no quiere ser considerado turista. Piensa Calasso que Homo saecularis ha abolido lo sagrado pero esta parte de que hablamos aún aspira a salvarse y quiere viajar “educando” a los nativos, contribuyendo a la protección de las tortugas y haciendo donaciones. Añade más adelante Calasso:

El turismo no es un sector en expansión sino que el mundo entero se ha convertido en un sector sometido al turismo.

Una pequeña isla en el Universo

El planeta Tierra es una isla muy aislada en la parte de Universo de la que conocemos algo, una isla única a efectos prácticos, y las pérdidas de biodiversidad hoy son notorias. La literatura y el cine distópicos hace tiempo que imaginan una Tierra devastada, con una población humana escasa y nómada. La Tierra como paraíso perdido tiene una de las imágenes más poderosas en la escena final de El planeta de los simios, de Frank Schnaffer (1968), basada en la novela de Pierre Boulle, cuando Nova (Linda Harrison) alza los ojos y ve la estatua de la Libertad medio caída y hundida entre rocas y mar.

La Terra és una petita illa en l'Univers.

La Tierra es una pequeña isla en el Universo.

George Steiner, en su breve pero fascinante recopilación de conferencias Nostalgia de lo absoluto (2001), comenta algunas ideas de Marx, Freud y del propio Lévy-Strauss. Cuando llega a éste, dice que nuestra transición de un estado natural a uno cultural, que era necesaria porque debía estar impresa en nuestro código genético y en nuestro potencial evolutivo, fue también un paso destructivo que ha dejado cicatrices en nuestra psique y en el mundo orgánico.

La apropiación prometeica del fuego para las necesidades y deseos humanos codifica el paso catastrófico por el que el hombre adquirió control sobre los factores principales de su marco biológico.

La apropiación del fuego es la premisa del “progreso” sociocultural, pero a un coste grande: nos pone en una relación no natural de poder con el entorno y con nuestros propios orígenes. Margalef creía tan importante el uso que el hombre hace de la energía exometabòlica, de la que el fuego es el primer eslabón, que sugirió que nuestra especie se podría llamar Homo energeticus más apropiadamente que H. sapiens.

El desarrollo del lenguaje posibilitó el de las reglas de parentesco (y por tanto la organización social en familias), pero nos hizo aún más extraños al animal que somos. Los pueblos considerados primitivos se divorciaron de la naturaleza, pero de manera menos drástica, y conservaban rituales y tabúes para aplacarla y consolarla. Entre algunos indios norteamericanos, como recuerda una escena de El último mohicano, la novela de Fenimore Cooper de 1826 y el film de Michael Mann de 1992, era obligado pedir perdón al animal cazado que debía servir de alimento. Al descubrir estos “residuos de paraíso” con humanos aún con un fuerte sentimiento de vínculo con su entorno, el hombre occidental se dedicó a aniquilarlos: mató a los humanos (a veces directamente, más a menudo por la transmisión de enfermedades, como en el caso relatado por Stevenson), quemó las selvas, exterminó a los animales,

como resultado de la conquista militar, la explotación económica y la imposición de tecnologías uniformes sobre las formas indígenas de vida, 

dice Lévy-Strauss. Incluso las intervenciones bien intencionadas (conversión religiosa, ayuda médica, estudios antropológicos, defensa de valores naturales), todo contribuyó a la destrucción. Lévy-Strauss avisa que, cuando los intereses político-económicos están en juego, sea en Alaska o en Nueva Guinea, siempre el cinismo y la destrucción prevalecerán. La antropología deriva en entropología, la ciencia de la extinción. El antropólogo ya sólo encuentra vestigios entre la basura. Su situación no difiere mucho de la del ecólogo: cuando Harold Mooney recibió el Premio Internacional Ramon Margalef de Ecología en el Palau de la Generalitat, nos dijo que los sitios que él había estudiado como ejemplos de ecosistemas de tipo mediterráneo en Chile y California ahora ya no se podían reconocer, habían sido destruidos, y que le quedaba la duda de si, en lugar de estudiar sus características y el funcionamiento ecológico, no habría sido mejor dedicarse a la lucha por preservarlos. El ecólogo a menudo hace una especie de “arqueología” de los sistemas naturales, estudia vestigios.

Pero, ¿qué nos hace tan destructivos? Por supuesto, nuestro dominio de las energías externas es una de las causas importantes. Otra es que, siendo capaces de adaptarnos a tantos ambientes diferentes, estamos por todas partes y somos muchos.

Som arreu i som molts.

Estamos por todas partes y somos muchos.

Retos de futuro

La última fase hasta ahora de la revolución tecnológica, la que protagonizan los ordenadores, internet, y los teléfonos móviles, parece que nazca sin un gran incremento en la disponibilidad de energía, aunque la consume. Pero es la energía lo que nos permite hacer cosas y estas tecnologías potencian su uso y alcance. Sería ilusorio pensar que vamos a crear una nueva economía sin este soporte físico. Si miramos las cosas con un mínimo de realismo, tenemos que admitir que el petróleo no tiene aún sustituto, en el sentido de que no hay nada en el mundo que nos dé energía tan barata y fácil de usar, y el petróleo no es finito… Por tanto, sería razonable encarrilar la manera de vivir hacia unas disponibilidades muy inferiores de energía que las actuales. Pero esto no quiere sólo una conversión tecnológica, sino también cultural: cómo y en que trabajamos y a qué dedicamos el tiempo libre. El modelo actual, en que millones de personas viven con el nivel de consumo occidental y pasan las vacaciones viajando a lugares remotos, es impensable que se pueda extrapolar a un mundo con nueve mil millones de habitantes. Ni siquiera es factible que, en un futuro próximo, se pueda mantener para una población como la que hoy se beneficia de él: a menos energía, menos posibilidades de hacer y moverse.

Plataforma de perforació petrolífera.

Plataforma de perforación petrolífera.

Si algo nos enseña la historia es que los humanos han disputado violentamente por los recursos considerados esenciales. No es difícil de predecir lo que ya se empieza a ver: volveremos a tener menos globalización y más conflictos: los diferentes Estados querrán garantizar los recursos por la vía que sea, y de las guerras económicas se pasa fácilmente a las militares. El sentimiento de frustración por el retroceso del nivel de vida crea las bases para el éxito de populismos nacionalistas (“primero, nosotros”) de tipo fascista que ya aparecen en muchos sitios. Los sistemas socioeconómicos basados ​​en un gasto energético altísimo son altísimamente vulnerables y, ante un riesgo de colapso, los comportamientos sociales y políticos incrementarán la agresividad. Dirigentes como Trump, Putin, Orban, Salvini, Erdogan, Boris Johnson y los muchos que, desde posiciones de extrema derecha, ganan terreno en Europa no son una mera coincidencia. Son los que dicen que, si no hay recursos para todos, habrá que espabilarse a apropiarse de ellos y, si es necesario, eliminar o ahuyentar a la competencia.

Siete u ocho miles de millones de personas quieren lo que no pueden tener, mil millones no quieren perder lo que tienen, y no aceptarán fácilmente que todo ha sido una fiesta pasajera, que el petróleo la hacía posible y que ahora se nos acaba. Hemos proliferado como moscas sobre una boñiga de vaca o un cadáver, pero ya sólo quedan huesos o restos secos y las multitudes que esperaban disfrutar de la fiesta y las que creían que la fiesta sólo podía hacerse más y más gozosa empiezan a buscar culpables en “los otros”, los que tratan de llegar a los lugares donde creen que todavía queda riqueza. Nos tendremos que preguntar ya, con urgencia inmediata, cómo evitaremos el choque, empezando por quitarnos de los ojos la venda de que siempre se encuentran soluciones, el mito que el progreso no se detiene nunca: quizás ahora hay que pensar en un progreso hacia otra dirección que no consista en hacer más cosas y destruir más sino en reforzar nuestra vida emocional y social (Santiago, 2018).

Manifestació feixista amb simbologia nazi als Estats Units d'América. Foto: Anthony Crider CC BY 2.0.

Manifestación de ultraderecha fascista con simbología nazi en los Estados Unidos de América. Foto: Anthony Crider CC BY 2.0.

Tzvetan Todorov, en su libro sobre L’esprit des Lumières (2014), dice  que

Los tradicionales enemigos de la Ilustración, el oscurantismo, la autoridad arbitraria y el fanatismo, son como cabezas de hidra que rebrotan poco después de haberlos cortado, ya que sacan su fuerza de características de los humanos y de sus sociedades que son tan difíciles de desarraigar como el deseo de autonomía y de diálogo. Los humanos necesitan seguridad y consuelo tanto como libertad y verdad, prefieren defender a miembros de su grupo que apoyar valores universales, y el deseo de poder, que conlleva violencia, no es menos característico de la especie humana que la argumentación racional.

De momento, el turismo que Lévy-Strauss reprobaba sigue sin darse cuenta de que tiene unos efectos ambientales y culturales que convendría moderar. Un ejemplo osaría decir que esperpéntico lo hemos visto recientemente en TV3: un documental sobre Turismo en Txernóbyl. En efecto, en 2019 se espera duplicar la cifra de visitantes en el área de exclusión establecida tras el accidente de 1985, cifra que en 2018 fue de unos 50.000. El turismo permite sobrevivir al más de un centenar de personas que viven allí “clandestinamente” y es un negocio para las zonas cercanas. Si nos preguntamos qué atrae a la gente a este lugar devastado quizás se nos ocurrirá que cierta morbosidad y el deseo de haber visto lo que pocos conocen y presumir de ello. Pero es posible que estos turistas concluyan que, de acuerdo, hubo una gran destrucción y muchos muertos (el número total de los que murieron por los efectos de la radiación a medio y largo plazo no se conoce), pero ahora ya hay una vegetación lozana e insectos que revolotean y personas que hace treinta años que viven allí… Sí, el núcleo confinado en cemento continuará activo los próximos 100.000 años, y habrá que hacer un nuevo sarcófago antes de un siglo, pero ahora el área de exclusión de Txernóbyl es uno de los lugares mas “naturales” de Europa (por la escasa presencia humana, lo que los propios turistas acabarán por desmentir). Parece que en Fukushima pasa más o menos lo mismo.

Escola de Pripyat, la població més propera a Txernòbil que acull turistes. Foto: Jorge Franganillo CC BY 2.0.

Escuela de Pripyat, la población más cercana a Txernóbyl que acoge turistas. Foto: Jorge Franganillo CC BY 2.0.

¿Podemos esperar convencer a las masas que hay que disminuir los desplazamientos para reducir nuestro impacto global? Este ejemplo y muchos más me hacen ser escéptico. Podremos hacer que se entienda que no tenemos que seguir haciendo guerras por los recursos sino tratar de gastar menos?

Es hora de despertar. Pronto, antes de que nos lleven de nuevo al matadero.

Retorno al Paraíso

Una idea desagradable la del matadero, estimulada por la quiebra de los tratados contra la proliferación nuclear. Más vale que vuelva al Paraíso, las Arcadias o las Edades de Oro que los hombres han imaginado. Los pintores han dado muchísimas versiones. En algunas, plantas, animales pequeños y grandes, herbívoros y carnívoros, aparecen coexistiendo en perfecta armonía, ninguno de ellos tiene nada que temer de los demás. Un refugio de paz. Pura biodiversidad sin ecología, sin relaciones funcionales. Un museo vivo. Según Hesíodo (Los trabajos y los días, siglo VII o VIII a.C.), al comienzo de los tiempos, en lo que se conoce como la edad de oro, los humanos vivían en un estado de pureza y ausencia de conflictos, desnudos y al aire libre en un clima benévolo y en una tierra que les daba de comer sin tener que trabajar:

Los humanos vivían entonces como los dioses, el corazón libre de preocupaciones, alejados del trabajo y del dolor. La triste vejez no les venía a encontrar y, conservando toda la vida la fuerza en pies y manos, gozaban la alegría de comidas a cubierto de todos los males. Morían dormidos, vencidos por el sueño. Todos los bienes les pertenecían. El fértil campo les ofrecía espontáneamente una alimentación abundante que consumían a placer.

Inspirándose en el mito de la edad de oro, Virgilio dio una visión idealizada de la Arcadia, que era en realidad un territorio pedregoso y baldío del Peloponeso poblado por pastores pobres e incultos, describiéndolo como un lugar de vegetación exuberante poblada por gente pacífica y feliz. Los artistas del Renacimiento, siguiendo la descripción del poeta latino, imaginaron la Arcadia en un tiempo remoto, una edad de oro, como un reino de gente inocente y hermosa que vivía en armonía con la naturaleza.

Arcàdia feliç. Pintura de Konstantin Makovsky feta cap al 1889-1890.

Arcàdia feliç. Pintura de Konstantin Makovsky feta cap al 1889-1890.

Veamos el comentario de Cioran (Historia y utopía, 1960) sobre el texto de Hesíodo:

Este retrato de la edad de oro se parece al Edén bíblico. Uno y otro son perfectamente convencionales: la irrealidad no sabría ser dramática. Al menos tienen el mérito de definir la imagen de un mundo estático en el que la identidad no deja de contemplarse ella misma, donde reina el eterno presente, tiempo común a todas las visiones paradisíacas, tiempo forjado por oposición a la misma idea de tiempo. (…) Si nos hubiésemos adherido sin reservas al eterno presente, la historia no habría tenido lugar, o, en todo caso, no habría sido sinónimo de carga o suplicio. (…) Las facilidades de la edad mitológica nos atraen entonces hasta el sufrimiento o, si hemos leído el Génesis, las divagaciones de la añoranza nos trasplantan a la bienaventurada estupidez del primer jardín, mientras que nuestro espíritu evoca a los ángeles y mira de penetrar su secreto.

(…) El daño del que sufre esta nostalgia -efecto de una ruptura que se remonta a los inicios- le impide proyectar la edad de oro en el porvenir. (…) Si vuelve a las fuentes de los tiempos es para encontrar el verdadero paraíso, objeto de sus añoranzas.

Pero John Milton, El Paraíso perdido, nos advierte que la inocencia, una vez perdida, nunca se puede recuperar, y que la oscuridad, una vez vista, nunca se puede perder. No hay pues esperanza? No en Rousseau y en su mítico buen salvaje que nunca existió, ni en la igualmente mítica Arcadia inventada por Virgilio. No hay paraísos en esta vida (y por eso tantos humanos de tantas culturas diferentes, entre los que no me cuento, confían en que haya uno al otro lado de la muerte). Pero hay caminos para ejercer la libertad: todos pasan por la conciencia de la necesidad. Slavoj Zizek (2017) nos lo explica de manera muy clara:

El conflicto entre el capitalismo y la ecología puede parecer un conflicto típico entre los intereses egoístas-utilitarios patológicos y el cuidado ético por el bien común de la humanidad. Al profundizar, queda inmediatamente claro que la situación es exactamente la opuesta: son nuestras preocupaciones ecológicas las que están basadas en el sentido utilitario de la supervivencia; simplemente representan el interés propio ilustrado, en su punto más álgido en cuanto interés por las generaciones futuras en contra del nuestro inmediato. La noción espiritual New Age de lo sagrado de la vida como tal, del derecho del medio ambiente a su preservación, etc., no juega ningún papel necesario en nuestra conciencia ecológica. Si buscamos la dimensión ética en todo este asunto, la encontramos en el compromiso incondicional del capitalismo con su propia continua reproducción expansiva: un capitalista que se dedica incondicionalmente al impulso auto-expansivo capitalista está efectivamente dispuesto a ponerlo todo, incluyendo la supervivencia de la humanidad, en juego, no para cualquier ganancia o meta “patológica”, sino sólo por el bien de la reproducción del sistema como fin en sí mismo. Fiat profitus pereat mundus (dejemos que los beneficios se hagan, aunque el mundo perezca) es lo que presumimos es su lema. Este lema ético es, por supuesto, extraño, sino directamente malvado.

Zizek compara esta ética capitalista con la ética que hace que se sacrifiquen muchas vidas por la “patria” en conflictos bélicos. Entiende que, mediante la conciencia de la necesidad, es posible liberarse de la maldad que supone considerar como “daños colaterales” la destrucción del entorno para mantener el objetivo supremo de la reproducción del capitalismo. El ecologismo debería dejar atrás los voluntarismos y activismos de base ideológica y centrarse en la conciencia de la necesidad.

Slavoj Žižek el 2015. Foto: Amrei-Marie CC BY-SA 4.0.

Slavoj Žižek en 2015. Foto: Amrei-Marie CC BY-SA 4.0.

Hace muchos años, Espinàs escribió un libro que se llamaba El ecologismo es un egoísmo. No era un buen libro en su argumentación, ya que el autor ignoraba muchos aspectos relevantes de la situación del hombre en la naturaleza. Yo lo critiqué, quizás demasiado duramente, en una presentación que hizo el autor en la Autónoma y Ramon Folch también escribió un artículo muy crítico en El Periódico. Pero el título de Espinàs eras acertado y hoy le podríamos responder que, en efecto, si el ecologismo no es un egoísmo debería serlo.

Referencias

Calasso, R. 2018. La actualidad innombrable. Anagrama. Barcelona, 173 pp.

Calvino, I. 1995. Por qué leer a los clásicos. Ed. Tusquets, Barcelona, 278  pp.

Cioran, E.M. 1960. Historia y utopia. http://crimideia.com.br/blog/wp-content/uploads/2010/02/emil-cioran-historia-y-utopc3ada28196029.pdf

Lévy-Strauss, C. 1955. Tristes tropiques. Librairie Plon, Paris.

MacArthur, R., E.O. Wilson. Teoria de la biogeografia insular. (original anglès de 1967 publicat per Princeton Univ. Press; ed. en català, a ed. Moll Ciutat de Mallorca, 1983).

Santiago Muiño, E. 2018. De nuevo estamos todos en peligro: el petròleo como eslabón más dèbil de la cadena neoliberal. A E. Santiago, Y. Herrero i J. Riechmann, Petróleo, Arcadia i MACBA, Barcelona, pp. 15-75

Steiner, G. 2001. Nostalgia de lo absoluto. Siruela, Madrid (original de 1974).

Todorov, T. 2014. El espíritu de la Ilustración. Galaxia Gutemberg S.L., Barcelona. (original, L’esprit des Lumières, 2006, Robert Laffont-Susana Lea Associates). 149 pp.ç

Wilson, E.O., D. Simberloff. 1969. Experimental Zoogeography of Islands: Defaunation and Monitoring Techniques. Ecology 50(2):267-278, DOI: 10.2307/1934855

Zizek, S. 2017. Lecciones del “Airepocalipsis”. Sobre el problema del smog en China y la crisis ecològica. Publ. original a In these times.

https://www.museoreinasofia.es/sites/default/files/actividades/programas/sinopsis_zizek.pdf

Jaume Terradas
Profesor emérito de Ecología de la UAB. Investigador del CREAF en temas de ecología de la vegetación. También ha trabajado en educación ambiental. Miembro del Institut d'Estudis Catalans.
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