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Un paseo por la resiliencia

6 de diciembre 2016

El uso del término ‘resiliencia’ se ha extendido. Pero el éxito entraña riesgos. Cuando se trata de conceptos complejos encapsulados en una palabra, el riesgo se traduce en confusión. Vale pues la pena entretener el paso y recapitular.

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A María Ángeles,

Las debilidades de la resiliencia ecológica

La ‘resiliencia ecológica’ es a la capacidad de un sistema ecológico para recuperar sus propiedades después de verse alterado por un perturbación. Es un concepto utilizado también en ciencias físicas que estudian el comportamiento de sistemas (como la resiliencia a catástrofes naturales del sistema que provee de energía a la sociedad), o incluso de materiales (por ejemplo sujetos a deformación). No obstante, esta idea aparentemente sencilla no es del gusto de todos los ecólogos.

En primer lugar, porque está referida a un estado previo a la perturbación, pero (i) a menudo es difícil caracterizar dicho estado, y (ii) las condiciones previas a la perturbación no retornan. El medio físico cambia constantemente. El clima es un buen ejemplo. También cambia la biota, ya que muchos organismos se desplazan y sus linajes evolucionan. Los sistemas ecológicos son históricos. Como decía Ramon Margalef: “las características de un estado en un momento determinan cómo será el estado futuro”.

En segundo lugar, la definición de ‘perturbación’ puede tener una cierta arbitrariedad. De forma intuitiva diríamos que corresponde a una situación en que se destruye de forma rápida una parte significativa de la biomasa de un ecosistema, modificando el medio. Esta modificación generalmente entraña una mayor disponibilidad de algún recurso, por ejemplo la luz después de un vendaval que abre claros en el bosque. Los incendios son un ejemplo típico de perturbación, y la vegetación mediterránea se considera muy resiliente a ellos por su capacidad de reestablecerse posteriormente. Sin embargo, puede haber agentes potencialmente perturbadores con un bajo impacto. También puede haber situaciones en las que la variabilidad temporal del medio conduzca a importantes mortalidades sin que podamos decir claramente que se trate de una perturbación, como es el caso de periodos prolongados de sequía. Además, la secuencia de las perturbaciones es importante. La resiliencia a una perturbación puede depender de la intensidad y frecuencia de perturbaciones anteriores —lo que llamamos el ‘régimen de perturbaciones’. En resumen, no sólo el estadio previo es relativo, sino la propia naturaleza del agente perturbador y las alteraciones que produce.

En tercer lugar, un sistema ecológico se caracteriza de muchas formas: por su composición en especies o por su capacidad de asimilar energía y reutilizar la materia, entre las más destacadas. La manera más fácil de aplicar el concepto de ‘resiliencia’ es medir esas diferentes propiedades a lo largo del tiempo después de la perturbación y comparar las mediciones con el sistema de referencia anterior. Pero el comportamiento de las diferentes propiedades del ecosistema seguramente no es idéntica. La composición de especies puede ser muy resiliente después de un incendio, a la vez que se dan pérdidas de suelo y disminuye la productividad. O puede recuperarse la productividad de un bosque después de un huracán gracias a la actividad de especies que no se encontraban antes de la perturbación. Por tanto, la resiliencia es también un término relativo por cuanto se refiere a una propiedad determinada del sistema y es extremadamente difícil tener una única medida integrada de todas las propiedades del sistema.

Bosc dels Estats Units després d'un incendi. Autor: Francisco Lloret

Bosque de los Estados Unidos después de un incendio. Autor: Francisco Lloret

Cómo estudiar la resiliencia ecológica

Una solución al primer problema, el del estado inicial o de referencia, pasa por reconocer la resiliencia como una tendencia, cuya velocidad es digna de ser considerada, sin que importe tanto el estado inicial como la trayectoria previsible y los mecanismos que la promueven. Eso puede permitir establecer umbrales donde cambia substancialmente alguna propiedad fundamental del sistema o que determinan el retorno de propiedades a sus valores iniciales.

El problema de determinar las características de la perturbación implica acotar y jugar con la escala temporal. Por ejemplo, el cambio climático aparece como gradual cuando lo observamos año a año, y surge como mucho más acusado cuando lo consideramos a escalas de decenios. Además, esta consideración de la escala temporal permite analizar el régimen de perturbaciones. También podemos valorar el impacto de la perturbación en relación a su magnitud diferenciando el efecto inmediato, lo que llamamos ‘resistencia’, de la recuperación posterior o ‘resiliencia’.

Finalmente, para abordar el problema de las múltiples propiedades del sistema debemos definirlas correctamente y encontrar buenos indicadores de ellas. De hecho, el estudio del diferente comportamiento de esas propiedades es un juego intelectual atractivo que puede ayudar a entender mejor su funcionamiento.

Un dels barris més pobres de Port au Prince, després del terratrèmol d'Haití del  gener de 2009. Autor: UN Photo/Logan Abassi United Nations Development Programme (CC BY 2.0)

Uno de los barrios más pobres de Port au Prince, después del terremoto de Haití de enero de 2009. Autor: UN Photo/Logan Abassi United Nations Development Programme (CC BY 2.0)

La resiliencia desde otras perspectivas

A las dificultades de la ecología con la resiliencia, se añade la utilización de ese término en otros ámbitos. En la década de 1970, los psicólogos lo introdujeron para describir la capacidad de un individuo para adaptarse con éxito a unas condiciones sociales adversas, a menudo traumáticas (como padres alcohólicos o con enfermedades mentales). Es interesante que en este ámbito la resiliencia se considera un proceso, no una propiedad, reforzando la idea de la adaptación de los individuos, frente a la de predisposición.  El término pronto se utilizó desde una perspectiva epidemiológica y se extendió a las ciencias sociales y políticas.  Así aparece la idea de ‘resiliencia comunitaria’, que considera los mecanismos que tiene la sociedad humana para enfrentarse a las adversidades y reorganizarse y mejorar después.

No es de extrañar que un término que describe conceptos con matices diferentes, y que flota entre ámbitos, sea repescado por una nueva disciplina que bebe de todos ellos. Es el caso de la socioecología o de las disciplinas dedicadas a la sostenibilidad ambiental. Incluso han surgido grupos de expertos en resiliencia, como el Stockohlm Resilience Centre, o revistas especializadas. Para estos expertos la resiliencia describe la capacidad de un sistema de enfrentarse al cambio y de continuar desarrollándose. Lógicamente, en este ámbito los cambios van asociados a transformaciones ambientales provocadas por las sociedades humanas, como el cambio climático, aunque es evidente la gran transversalidad del concepto.

Si después de este recorrido comparamos la ’resiliencia ecológica’ del inicio con la ’resiliencia psicológica o comunitaria’ y con la ’resiliencia socioecológica’ podemos hacer algunas consideraciones interesantes. En primer lugar, el estado previo del sistema ha ido perdiendo su relevancia, lo cual probablemente presenta más ventajas que inconvenientes, a menudo incluso para los ecólogos. En segundo lugar, la idea de perturbación se ve ampliada, desde un cambio traumático a cualquier factor adverso o incluso a cualquier cambio ambiental. Considerar los cambios de forma más general permite abordar situaciones, como el cambio climático, en las que el concepto de perturbación puede ser confuso o relativo. Además, la idea de adaptación, en sentido social, no es tan lejana del estudio de los mecanismos que explican la respuesta más o menos resiliente de los sistemas ecológicos. En tercer lugar, aunque inicialmente la ecología analizaría las propiedades del sistema independientemente de suvalor social, la consideración de los servicios ecosistémicos gana relevancia día a día entre los ecólogos.

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A partir de una situación inicial (1), el cambio climático actuaría como una perturbación provocando un cambio o desplazamiento del sistema. La resiliencia de este sistema dependerá de sus propiedades intrínsecas (representadas por el muelle) que facilitan el retorno a la situación inicial (2). La resiliencia disminuye si el desplazamiento es muy acusado o las características del nuevo estado no permiten el retorno al estado inicial (3).

Un principio de síntesis

¿Cómo usar un mismo término con todos estos matices cuando se usa en disciplinas relacionadas? El primer paso es obvio: definir tan claramente como sea posible el ámbito de aplicación. En el caso de la resiliencia, hay que establecer claramente las condiciones iniciales o de referencia, las características de las perturbaciones atendiendo particularmente a la escala temporal, y las propiedades del sistema que se consideran. Pero también puede ser muy interesante aprovechar esos diferentes matices para enfatizar las diferentes connotaciones de un sistema de estudio.

Veamos el ejemplo de la resiliencia de los bosques al cambio climático. Desde el punto de vista estrictamente ecológico, debemos definir a qué escala el cambio climático se convierte en una perturbación. Puede haber pulsos de variación climática, como olas de calor o episodios de sequía, que se ajusten bastante bien al concepto de perturbación traumática. Pero en general, para considerar el cambio climático como perturbación, seguramente necesitamos periodos de tiempo de varias décadas o siglos. Así podremos comparar las propiedades ecológicas antes y después de la era industrial, ver su modificación y su eventual recuperación o resiliencia. Mientras, a escalas temporales más cortas, podemos estudiar los procesos que explicarían esos cambios a más largo plazo. Estamos, pues, acercándonos a la idea de cambio de la ’resiliencia socioecológica’ y de adaptación ante un medio adverso de la ’resiliencia psicológica’. Además, en el momento en que la ecología contribuye a estudiar los servicios ecosistémicos, la escala temporal de los impactos antropogénicos se reduce y nos acercamos a la acepción de la ‘resiliencia socioecológica’.

En conclusión, ante un término usado por diferentes disciplinas para definir conceptos complejos, la primera recomendación es definir y acotar claramente su significado en el ámbito que se aplique. Pero una vez hecho esto, la segunda recomendación es no tener miedo a la fertilización cruzada entre disciplinas que enriquecerá las perspectivas y ayudará encontrar mejores soluciones a los problemas

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Francisco Lloret
Professor d’Ecologia de la UAB. Investigador del CREAF en temes d’ecologia de la vegetació i canvi global. President de l’Asociación Española de Ecología Terrestre.
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