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In urbibus mundi

8 de noviembre 2016

En esta nueva entrada, Jaume Terradas reflexiona alrededor de lo que la naturaleza ha significado para los humanos desde los albores de nuestra especie, y sobre cómo la aglomeración de personas en las ciudades nos aleja de ella.

La ciutat de Jodhpur és la segona més gran del Rajasthan, un estat del nord-est de l'Índia. Autor: Marc Hoffmann (CC BY-SA 2.0)

La ciudad de Jodhpur es la segunda más grande del Rajastán, un estado del noroeste de la India. Autor: Marc Hoffmann (CC BY-SA 2.0)

La aparición de ciudades en la historia de la humanidad es una consecuencia de la invención de la agricultura, que generó excedentes alimentarios y permitió la diversificación de actividades. Los nuevos urbanitas se alejaron del contacto diario con la naturaleza. Ésta, y en especial las zonas boscosas, fueron vistas como lugares peligrosos, no sólo por la posible presencia de animales como osos o lobos, y según dónde leones, tigres o serpientes venenosas, sino porque eran lugares propicios para ataques de ladrones o gente enemiga. Desforestar era una parte del proceso civilizador, como lo fue la desecación de marismas consideradas insalubres.

Desforestar era una parte del proceso civilizador, como lo fue la desecación de marismas consideradas insalubres.

Había que mantener un poco de bosque para garantizar la disponibilidad de madera y otros productos, pero si se podían evitar los caminos que pasaban por zonas boscosas siempre era preferible. El bosque se convirtió en metáfora de caos o desviación, como vemos bien claro en el inicio mismo de un pilar básico de nuestra cultura, la Divina Comedia ““Nel mezzo del cammin di nostra vita, mi ritrovai per una selva oscura…”, dice Dante para indicar que su vida se había desviado del camino derecho hacia la salvación. Este miedo a la naturaleza (que lo era también a los humanos de ciudades rivales o malhechores que se emboscaban) o la  identificación de naturaleza salvaje con caos, de cultivo (etimológicamente, cultura es eso) con civilización, no se podía dar en las culturas que permanecieron en el estadio cazador-recolector, en el Amazonas, en las selvas africanas o asiáticas, y en otras culturas no urbanas.

Evolución de la población rural (línea azul) frente de la población urbana (línea roja) en el mundo, desde 1950 y proyectada hasta a 2050.

Evolución de la población rural (línea azul) frente de la población urbana (línea roja) en el mundo, desde 1950 y proyectada hasta a 2050.

Hoy, la población humana se acumula, con ritmo creciente y muy superior al del aumento de la demografía, en ciudades que ya no son sólo las muy grandes sino también medianas y pequeñas, las cuáles todavía crecen más deprisa. De aquí al 2030, la población urbana habrá aumentado en unos 470 millones de personas, de los cuales 100 millones en la India. Esto quiere decir que cada vez una mayor proporción de la Humanidad vivirá distanciada del contacto con la naturaleza y sólo la visitará por razones de ocio, por lo que la ignorancia sobre el tema será cada vez mayor y no estará contrarrestada por vivencias sino, en la gran mayoría de casos, y sólo débilmente, por la educación y las campañas de carácter ecologista.

Esto quiere decir que cada vez una mayor proporción de la Humanidad vivirá distanciada del contacto con la naturaleza y sólo la visitará por razones de ocio.

No es una buena noticia para la conservación. La aculturación en relación a la naturaleza es masiva y rápida, y la educación no funciona. Tampoco es buena noticia porque las ciudades, que ocupan poco más del 2% de las tierras emergidas, son responsables de más del 80% de las emisiones antrópicas de gases invernadero. Y no lo es desde el punto de vista de la vulnerabilidad a riesgos catastróficos y efectos del cambio climático, que es mayor en poblaciones crecidas muy deprisa, vulnerabilidad que suele ir asociada a viviendas de poca calidad y a carencias de previsión en el proceso urbanizador. Países como Haití o Bangla Desh nos dan demasiado a menudo trágicos ejemplos.

Barraques del poblat marginat de Soweto, a les afores de Johannesburg, Sud-àfrica. Autor: Matt-80 (CC BY 2.0)

Barracas del poblado marginado de Soweto, en las afueras de Johannesburgo, Sudáfrica. Autor: Matt-80 (CC BY 2.0)

Como el proceso urbanizador es imparable, necesitamos un mejor planeamiento para construir casas, calles y carreteras dañando lo menos posible las redes de naturaleza, mejorar los procesos constructivos para reducir los impactos ambientales en la construcción, el funcionamiento y la deconstrucción final, y diseñar el espacio y las construcciones minimizando su vulnerabilidad. Esto requiere un esfuerzo muy grande (con buena parte de investigación básica y aplicada) en los campos de la arquitectura, la ingeniería civil y de comunicaciones, la ecología, la gobernanza y los procesos participativos. En ecología, debemos ser capaces de descubrir estructuras de las redes protegidas que sean funcionales, de incluir en las previsiones de gestión de espacios los riesgos asociados a los cambios climáticos y otros, y de contribuir a diseños urbanos menos insostenibles con un uso adecuado de elementos de naturaleza que se combinen con las tecnologías de la construcción (que emplearán nuevos materiales y un proceso más industrial de producción).

La ciutat de Chicago, capital de l'estat d'Illinois (EUA), va experimentar un gran creixement durant la segona metitat del s.XIX.

La ciudad de Chicago, capital del estat de Illinois (EEUU), experimentó un gran crecimiento a mediados del s.XIX.

La aculturación en relación a la naturaleza es masiva y rápida, y la educación no funciona.

Son retos muy complicados, para los que, de momento, tenemos pocas respuestas y ni siquiera las buscamos con demasiada dedicación. La ecología urbana está todavía en una fase de diagnóstico y forense, más que en una fase preventiva y curativa. Mientras tanto, cada mes la pobblación urbana crecerá los próximos 15 años en 2,6 millones de personas, ¡lo más a menudo pobres, mal ubicadas y en proceso de pérdida de contacto con la naturaleza!

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Profesor emérito de Ecología de la UAB. Investigador del CREAF en temas de ecología de la vegetación. También ha trabajado en educación ambiental. Miembro del Institut d'Estudis Catalans.
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