Dos libros y un artículo

Este artículo está dedicado a la memoria de nuestro estimado Marc Estiarte y Garrofé, fallecido el 22 de septiembre de 2022 a los 55 años, después de una larga enfermedad, investigador del CSIC a la Unidad de Ecología Global CSIC-CREAF-UAB. Marc es el primer compañero del entorno del CREAF que muere estando en activo, y lo ha hecho en una edad en que todavía habría podido vivir mucho. Añoraremos su inteligencia, su bonhomía y su sentido del humor.

Siempre he creído que la divulgación es necesaria. La ciencia avanza muy rápido y la gran mayoría de la humanidad es cada vez más ignorante sobre los nuevos conocimientos, sus implicaciones para la comprensión del mundo y qué posibilidades tenemos de que el comportamiento humano se vaya haciendo adecuado con el que sabemos que sería conveniente para todos. El progreso tecnológico continúa desbocado, desarrollándose en innovaciones que quizás mejoran aspectos concretos pero que no tienen en cuenta efectos colaterales, que necesitarían una visión más amplia. Por lo tanto, la desconexión entre la ciencia y la población es un problema grave y creciente. Y aunque se leen menos libros de lo necesario y se cree demasiado fácilmente en los mensajes breves, muy a menudo falsos, de las redes sociales, encuentro estimulante ver que se publican buenos libros que quieren luchar contra la aludida desconexión y que el trabajo de investigación no se detiene, a pesar de la escasez de recursos que tanto Cataluña como el Estado le dedican (comparados con los de países de nuestro entorno). Ya sabemos que la urgencia impuesta por los sistemas de evaluación de la actividad científica no ayuda a que los investigadores dediquen demasiado tiempo a la divulgación. Sus carreras dependen del número de artículos y de los índices de impacto de las revistas en las que se publican. Escribir un libro científico largo tiene menos valor de currículum que escribir un breve artículo con veinte coautores en una revista importante. No digamos si el libro es de divulgación, entonces prácticamente nada suma a los méritos del autor, de cara a concursos u obtención de financiación. Por este motivo, hacer libros de divulgación comporta cierto componente de altruismo, y más si lo hacen investigadores que están aún lejos de la jubilación. He pensado que era noticia digna de ser comentada y celebrada que, en poco tiempo, dos personas de nuestro ámbito científico y geográfico hayan publicado dos libros excelentes. Os voy a decir algo de ellos, después os hablaré de un artículo y haré una reflexión final.

La expansión global de los humanos y su impacto

Por orden cronológico, el primero de estos libros es El primate que cambió el mundo, de Àlex Richter-Boix, editado por geoPlaneta en 2022, con el subtítulo Nuestra relación con la naturaleza desde las cavernas hasta hoy, que abarca 308 páginas bien aprovechadas. Álex estudió biología en la UAB y se hizo ecólogo evolutivo en la UB, con un máster en el que trabajó en la montaña de Alinyà, donde se encuentra el más extenso (6000 ha) de los espacios que adquirió, para protegerlos, la Fundació Territori i Paisatge de Caixa de Catalunya cuando la presidía Antoni Serra Ramoneda, la gestionaba Jordi Sargatal con la ayuda de Miquel Rafa y yo formaba parte de un Patronato bastante numeroso en el que, aun así, los naturalistas éramos escasos. Alinyà no es un territorio fácil de prospectar. Àlex hizo después una tesis sobre anfibios y pasó diez años en Uppsala, donde se familiarizó con técnicas moleculares útiles para la investigación evolutiva. Uppsala era la ciudad de Lineo, el sabio que pintaba las paredes de su casa con manchas rojas y negras para que no se vieran los rastros de los mosquitos aplastados. Realmente, mosquitos hay muchos, hace mucho frío y los bares cierran antes de las cuatro de la tarde, así que la gente compra la bebida y se la lleva a casa. Lo que quiero decir es que Uppsala tampoco es un lugar fácil para vivir. Àlex también ha realizado trabajos de investigación en Argentina, desde el trópico a la Patagonia, y eso ya son palabras mayores. Tiene su propio blog, Evoikos, sobre temas de ecología evolutiva, hace diez años que es editor adjunto de Cuadernos de Herpetología y ha sido técnico de comunicación del CREAF y del programa Mosquito Alert. Es, además, un magnífico ilustrador. Su implicación en la divulgación, por lo tanto, no es nueva, ni mucho menos. Así, no resulta extraño que haya escrito un libro que se lee con facilidad y que cautiva como una novela de suspense.

Portada del libro «El primate que cambió el mundo» y foto del su autor, Álex Richter-Boix.

Empieza el libro remontándose al tiempo en que Cuvier demostró, con gran sorpresa para la gente culta de su tiempo, que habían existido muchas especies que ya se habían extinguido y que la historia de la vida estaba llena de cambios extraordinarios. Después, introduce el mundo en que los humanos convivían con grandes mamíferos, muchos de los cuales han desaparecido, como el mamut, y habla de los cambios en el clima que los humanos han soportado. La recreación de las historias las ilustra Álex con referencias literarias y mitológicas que van desde Homero al nazismo y a la actualidad. Explica como los inicios de la agricultura, la ganadería y la explotación de la madera marcaron los primeros pasos de nuestra especie hacia la conquista de prácticamente todos los ambientes de la superficie de los continentes. Y también como la expansión de los humanos ha ayudado a la de otras especies, como las ratas y ratones, las palomas, los gorriones, etc., y para cada una hay historias interesantes y que ligan con temas de alimentación y salud de los humanos. Habla también de los carnívoros que representaban peligros y, a la vez, se convertían en oportunidades de demostrar el valor de los guerreros. Y de los animales que se podían cazar para obtener recursos, como el marfil y la grasa de las morsas, la grasa de las ballenas, etc., y de todo lo que supone la explotación excesiva de la naturaleza y la creciente pérdida de biodiversidad, sea en el mar o en la tierra. Àlex cita naturalmente Moby Dick, las matanzas de bisontes en el Oeste americano o la salvaje explotación belga del Congo, pero también otros casos mucho menos conocidos. Y, lógicamente, entra después en el tema de las enfermedades infecciosas, favorecidas por todos estos cambios ligados a la expansión humana y la desestabilización de los ecosistemas, y concluye el retrato del nuevo periodo geológico que conocemos como Antropoceno. La reflexión final no es romántica ni apocalíptica sino sensata y serenamente enamorada de la vida, de la que, a fin de cuentas nosotros y nuestra cultura procedemos, y por la que reivindica una mirada menos comercial y más ética, por su bien y el de nosotros mismos. Es un libro ameno e inteligente, y no os lo deberíais perder.

Durante la gran matanza de búfalos ocurrida en el oeste de los Estados Unidos se organizaron cacerías de estos animales desde trenes en marcha, por ejemplo en la línea Kansas-Pacífico, como muestra esta ilustración . Imagen: Edición del 3 de junio de 1871 del periódico ilustrado de Frank Leslie.

Declive de los bosques

El segundo libro que comentaré, es de Francisco Lloret, catedrático de Ecología de la UAB e investigador del CREAF, ha sido editado por Arpa & Alfil Editoras y tiene 228 páginas. Lloret, bastante más veterano que Àlex, es una autoridad destacada en el estudio de las respuestas de los bosques a las perturbaciones, sean incendios, talas, plagas, invasiones de especies exóticas, sequías u otras. Estudió en la UAB e hizo la tesis sobre briófitos dentro de la Unidad de Botánica, para pasar después a la de Ecología y al CREAF. Ha dirigido y participado en numerosos proyectos de investigación estatales e internacionales y ha sido presidente de la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET). También él ha mostrado desde hace tiempo una inquietud por divulgar y encontraréis una sección en el blog del CREAF, Festina lente, de la que es autor. Como Àlex, es hombre de una vasta cultura y variados intereses.


Portada del libro «La muerte de los bosques» y foto de su autor, Francisco Lloret.

El libro de Paco Lloret también es de buena lectura y, a pesar de tratar un tema mucho más específico, es de enorme interés ecológico y social. Durante años, él ha recorrido nuestro país y el mundo para estudiar, bajo climas muy variados, episodios de declive de bosques. El tema tiene una dimensión realmente grave y el libro profundiza, con mucho conocimiento, en las causas, siempre complejas, de estos procesos. Complejas, porque el riesgo de fuego, la salud de los árboles o los ataques de plagas y las invasiones de especies forasteras se interrelacionan entre sí y con los factores climáticos y su evolución y, por supuesto, con los efectos de la actividad human. Estos efectos pueden ir desde el abandono de actividades que quizás han durado siglos hasta la explotación intensiva. Pueden suponer la alteración de la composición de especies y, en ocasiones, del suelo y sus componentes biológicos (insectos, nematodos, hongos formadores de micorrizas, etc.); la introducción de rebaños, al uso meramente recreativo del bosque, la contaminación del aire por diferentes agentes (desde el ozono troposférico, formado por reacciones entre contaminantes emitidos en las ciudades o zonas industriales, a los microplásticos, hoy omnipresentes en ecosistemas marinos y terrestres), la caza, la cosecha de setas, la modificación del clima, el transporte de organismos vectores de enfermedades y patógenos, etc. Ser capaz de dar una visión clara de toda esta complejidad no es nada fácil, pero el autor lo ha logrado con mucho éxito. Parte en cada capítulo de casos concretos, y después va ascendiendo a cuestiones más generales. Los diferentes capítulos nos explican cuestiones básicas sobre: a) el funcionamiento de los árboles en lo que se refiere a la obtención de agua y alimentos y a su ciclo vital (crecimiento, reproducción); b) la evolución natural de los bosques a lo largo del tiempo y su relación con las sequías o la gestión; c) el papel de la biodiversidad; d) los diversos enemigos biológicos (patógenos que pueden matar al árbol, comedores de hojas, taladros de la madera y su relación con el clima); e) la distribución de los bosques; f) la relación de esta distribución con el clima y cómo la distribución cambia a lo largo de la historia; g) los beneficios que producen los bosques en varios aspectos (desde la obtención de recursos a los efectos de los bosques sobre el clima) y cómo estos “servicios” se ven menguados por el cambio climático. Por último, nos habla de como “acompañar” los bosques en el incierto camino hacia el futuro. La organización del libro está perfectamente pensada, y es esto lo que más ayuda a entender que, si vamos más allá de los tópicos que con demasiada frecuencia llenan los discursos sobre los bosques, descubriremos que hay sin duda mucha complejidad pero que también tenemos mucho conocimiento, y que este aumenta todos los día y puede ayudar a resolver los problemas. Los estudios sobre la respuesta de los bosques como sumideros de carbono están aportando muchísima información relevante en relación a los efectos del cambio climático. La ciencia forestal avanza, y el libro nos ayuda a ver los bosques, su vida y sus problemas de una manera más lúcida y diversa.

Imagen de microscopía de las hifas del hongo Aspergillus niger. Imagen: Wikipedia Commons.
Imagen al microscopio de las hifas del hongo Aspergillus niger. Imagen: Wikipedia Commons.

Sobre estos avances, dejadme añadir que, recientemente, se ha puesto en marcha una iniciativa internacional, la Society for the Protection of Underground Networks (SPUN), que pretende estudiar la distribución mundial y composición de las redes de hifas de hongos que representan más de la mitad de la biomasa de los suelos forestales y que desempeñan un papel muy importante, pero todavía no muy bien entendido en el funcionamiento de los bosques. Hace muchos años, Ramon Margalef ya insistía muy a menudo en la trascendencia de estas redes por el abastecimiento de agua y nutrientes de los árboles y en la conexión que establecen entre los diferentes individuos que forman el bosque. También las microbiotas que se encuentran en las hojas y el suelo están dando lugar a interesantes cambios de perspectiva hacia la comprensión del bosque como un sistema mucho más complejo que un mero lugar donde se produce madera o donde se caza y se cosechan setas (Peñuelas y Terradas, 2014). Es la complejidad que hay que tener presente para entender los efectos del cambio climático y que el libro del Dr. Lloret pone tan bien de manifiesto.

Los cambios tecnológicos y el uso de cada vez más, y más raros, elementos químicos

La tercera parte de este comentario se refiere en un artículo que acabamos de publicar (Peñuelas et al, 2022). El tema es el elementoma humano (es decir, la composición de elementos químicos -en número y cantidad- que intervienen no solo en nuestro cuerpo sino en el conjunto de artefactos que hemos generado culturalmente), comparado con los elementomas que muestran otros componentes de la biosfera (plantas, animales, microbios…). Constatamos que la vida en general suele emplear un conjunto limitado de los elementos de la tabla periódica, mientras que nosotros, divergiendo de los otros organismos, hemos ensanchado mucho la lista a lo largo de la historia, hasta incluir prácticamente todos los elementos de la tabla que se encuentran en la naturaleza, un hecho de enormes consecuencias ecológicas, evolutivas, ambientales y también geopolíticas.

La vida usa sólo algunos elementos, que se muestran en la figura,  pero las tecnologías están empleando casi todos los elementos de la tabla periódica que hallan en la naturaleza.  Imagen: CREAF.

Esto no es una novedad, puesto que los periodos de la evolución cultural están marcados desde hace mucho por los historiadores porque, además de los recursos sacados de la biomasa, la arcilla, el barro o la piedra, como pasaba en la Edad de la Piedra, ellos hablan de las posteriores Edades de Bronce y de Hierro. Con la Revolución Industrial, el uso de combustibles fósiles, materiales metálicos/industriales y materiales de construcción alteró muy deprisa la situación. En 1900, la biomasa suponía el 79% de los materiales empleados por los humanos, en 2005 solo el 32% y se prevé que en 2050 será solo el 22%. El punto más relevante de este hecho es que los elementos de la biomasa se reciclan fácilmente por procesos de alcance biosférico, mientras que muchos de los elementos metálicos, elementos traza y tierras raras que usamos los humanos y que son cruciales en las nuevas tecnologías, los ordenadores, el instrumental sanitario, el transporte, los sistemas de producción de electricidad, etc., son raros y nada fáciles ni de obtener ni de reciclar, de forma que están en riesgo de extinción durante el presente siglo, algunos quizás en la próxima década. Además, las reservas de algunos de estos elementos se concentran en pocos países, las más importantes en China y también en Vietnam, Brasil, Rusia, EE. UU. y República Democrática del Congo, lo que puede condicionar los precios y generar conflictos. Es indispensable encontrar soluciones tecnológicas, que ahora no tenemos, para sustituir estos elementos o para recuperarlos. En algunos casos, el reciclaje se podría beneficiar de la actividad de microorganismos que han mostrado la capacidad de acumular selectivamente algunos elementos, pero hace falta mucha investigación en este campo.

Acumulación de basura en una plata: Imagen: Pxhere
Acumulación de basura en una playa: Imagen: Pxhere.

Entre ambos libros (bienvenidos sean) y el artículo hay muchos puntos de contacto. El primer libro nos sitúa en lo que significa el Antropoceno, la expansión de los humanos por todo el planeta con efectos globales. El segundo nos habla de los efectos complejos de nuestras acciones sobre los bosques, como paradigma de los efectos sobre la naturaleza. El artículo se refiere a un aspecto crucial de la evolución tecnológica y los problemas de la sostenibilidad asociados.

Reflexión final de andar por casa

Y mientras, ¿qué ocurre aquí, ¿cómo entra Cataluña en la Antropoceno? He aplaudido la publicación de estos dos libros de divulgación bien entendida y hecha, porque los centros de investigación y las universidades tienen que reforzar la tercera pata de sus objetivos, que son investigación, formación y transferencia. Este camino siguen los doctores Richter-Boix y Lloret y también el esfuerzo de blogs como este del CREAF y otros. Y debe hacerlo con la participación de investigadores en los medios y en la parte informativa al menos de los procesos de toma de decisiones, que no siempre es la más adecuada (que esta información sea debidamente ponderada por políticos y gestores tampoco está garantizado). Un camino que hay que seguir ensanchando porque tenemos mucho en juego. Ni que decir tiene que la investigación publicada en revistas de primera fila internacional también expresa el esfuerzo que se hace desde Cataluña para participar en la comprensión de los procesos que dan lugar a cambios muy acelerados en nuestro pequeño y para nosotros único planeta habitable. El citado artículo no es más que uno de muchos que los diversos centros y universidades del país están publicando sobre temática ambiental. Pero no todo es tan positivo.

Vistas de Barcelona bajo una nube de contaminación. Imagen: Paola de Grenet.

En efecto, lamentablemente el país no está preparado para los cambios tecnológicos, ambientales, sociales y geopolíticos que ya han comenzado. Durante años, no hemos sido capaces de retener a la mejor gente que se formaba en nuestras universidades. Tenemos un importante fracaso escolar y la educación en materia de nuevas tecnologías a lo largo de todo el ciclo escolar es muy pobre (como lo es el aprendizaje del inglés). Tenemos dificultades graves en la asimilación de la población migrante. Como el resto de Europa, nos hemos apoyado en la mano de obra barata de países como India o China y hemos perdido capacidad industrial. Esto y la automatización amenazan los puestos de trabajo y aumentan la desigualdad, en perjuicio de la clase media. Somos de los últimos del Estado en la producción de energía eólica y solar, y eso cuando no tenemos recursos propios de combustibles fósiles y cuando la tendencia del clima no es precisamente hacia el incremento de agua disponible para producir energía hidroeléctrica. Seguimos dependiendo mucho del turismo de sol y playa, cuando el futuro de nuestras costas está en riesgo por el aumento del nivel del mar y de la frecuencia de episodios de clima violento. Pocas de nuestras empresas son realmente competitivas a nivel internacional y nuestro sistema financiero se ha transformado en un sentido de concentración que se aleja del que han hecho países como Alemania y que es dudoso que sea el que nos conviene en un país en que las PYMES son tan importantes. El catalán se enseña en la escuela pero cada vez se habla menos en la calle y en las familias. No quiero seguir con una lista que podría ser muy larga. En conjunto, cuesta ver el panorama con optimismo, pero esto solo significa que hay mucho por hacer. Se han dado algunos pasos, pero hace falta un programa que anime tanto a la sociedad civil como a las administraciones, explicando los problemas y las vías que debemos emprender entre todos para resolverlos con una visión coherente de las constricciones que tenemos por razones ambientales y geopolíticas y de las oportunidades que podemos aprovechar para ahorrarnos males mayores y avanzar hacia una sociedad más preparada ante los retos que se abren.

Referencias

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