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Adiós a un amigo: en la muerte de Antonio Escarré

Antonio Escarré y Jaume Terradas en Washington.
Antonio Escarré y Jaume Terradas en Washington.

Antonio Escarré Esteve, ecólogo, catedrático jubilado de Ecología de la Universidad de Alicante, falleció a los ochenta años el pasado 5 de marzo como resultado de una microangiopatía trombótica. La última vez que hablé con él por teléfono, hace un par de meses, se le notaba animoso, con la vivacidad de siempre, así que la noticia ha sido inesperada. Para los jóvenes, la muerte de una persona de su edad no resulta muy impresionante, pero para quienes le tratamos es un trance difícil de digerir. Antoni era una persona excelente con la que, además, no se podía pasar un rato aburrido. A sus amigos, que no vayamos a verlo nunca más nos produce una gran tristeza. Aquí corresponde más escribir sobre su trabajo y sin embargo quisiera también hablar de sus cualidades humanas. Era muy listo, inquieto y trabajador, estaba lleno de una fuerte voluntad de servicio y de solidaridad, vivía con pasión el trabajo y el ocio. Y tuvo mucha participación en el desarrollo de nuestra ecología terrestre. Estos son los dos temas que trataré, su personalidad y su actividad relacionada con la UAB y el CREAF, dejando de lado la gran parte de su trabajo que no se relaciona con el nuestro.

Antonio estudió Ciencias Biológicas en Barcelona. Fue un tiempo profesor de botánica y zoología en Navarra, realizó una estancia de diez meses de trabajo de campo botánico en lo que entonces era la Guinea Ecuatorial española y una tesis, formalmente dirigida por O. De Bolòs en la UB, sobre la taxonomía del género Quercus utilizando, por primera vez entre nosotros, los análisis multifactoriales para este tipo de estudios. Después entró como profesor adjunto de ecología en el departamento de la UB que dirigía Ramon Margalef. En aquel momento, yo era profesor agregado de ecología en la UAB y, con Ferran Rodà, nos habíamos interesado por los trabajos de Frederick Herbert (Herb) Bormann y Gene Likens sobre “ecosistemas-cuenca”, cuencas hidrológicas pequeñas de sustrato impermeable, para analizar experimentalmente ecosistemas forestales enteros, sobre todo ciclos biogeoquímicos. Hablé con Antonio, hicimos una salida para ver la zona y se animó. Hablamos de ello con Margalef. Queríamos dinamizar la ecología terrestre, todavía muy atrasada en Cataluña, en relación a la acuática que Margalef había llevado a unos niveles muy altos. Margalef no sólo conocía muy bien a los dos autores norteamericanos, sino que tenía bastante amistad con ellos. Sugirió pedir una ayuda de cooperación hispano-estadounidense para la investigación científica y técnica que daba el Ministerio de Asuntos Exteriores. No entro en los detalles complicados y pesados ​​de la tramitación del proyecto, que Margalef, con su habitual generosidad, aceptó encabezar para que la solicitud tuviera más posibilidades de éxito, aunque él no trabajaría directamente en él. Sí que trabajó en la gestión, se acumuló una extensa correspondencia muy burocrática, ahora depositada en el Museo de Granollers, que revela el esfuerzo que supuso para él aquel proyecto en el que, desde el punto de vista científico, sólo estaba implicado en la dirección de la tesis de Carlos Gracia.

Concepto de cuencas hidrográficas pequeñas de Bromann y Likens. Fuente: Hubbard Brook Experimental Forest.
Concepto de cuencas hidrográficas pequeñas de Bromann y Likens. Fuente: Hubbard Brook Experimental Forest.

El caso es que nos dieron el proyecto para cuatro años (1978-82) y supuso una considerable inyección de dinero. Antonio y yo fuimos a Yale para ver a Bormann (Likens se había trasladado a Cornell), pero al llegar nos dijeron que todo el equipo, también Likens, estaba en la reunión anual que se celebraba en la estación experimental de Hubbard Brook, en New Hampshire. Alquilamos un auto y nos fuimos atravesando Connecticut y Vermont. Allí, además de las instalaciones de las cuencas, con las pequeñas esclusas, limnígrafos, torres para llegar a las copas y otras cosas, había una cuarentena de científicos explicándose lo que hacían, que era muy diverso. Quedamos boquiabiertos al ver a tanta gente, porque los ecólogos terrestres catalanes nos contábamos con los dedos de una mano. A la vuelta, conocimos a un joven que era voluntario forestal y aprendimos algo de la organización de la lucha contra los fuegos que era mucho más avanzada que la que existía aquí.

En ese primer viaje conocí mejor a Antonio y sus grandes cualidades. No fue sino el primero de los viajes que hicimos juntos. Por ejemplo, fuimos también a Bruselas, junto con otros dos compañeros, para hablar con Pierre Duvigneaud, el ecólogo europeo que más había trabajado en ciclos biogeoquímicos de hayedos, y su colaboradora Simone Denaeyer-DeSmet. Los habíamos conocido a raíz de un curso de verano organizado por la Comisión Europea en Venecia en 1976, al que Antonio y yo, con otros compañeros, asistimos como alumnos. Ellos formaban parte del profesorado, en el que también estaban Margalef, el premio Nobel de Física Ilya Prigogine y otros científicos destacados. Los dos belgas habían estudiado, años antes de que yo hiciera allí la tesis, la composición elemental de plantas de los Monegros, y habían hecho un mapa ecológico de Bruselas. Esto último también me interesó mucho y seguí sus pasos para hacer el mapa ecológico de Barcelona y empezar una línea de ecología urbana a lo largo de los años 1980s. Aquel viaje inició una relación para diversas actividades entre Simone (Duvigneaud ya era bastante mayor y estaba a punto de jubilarse) y Antonio. Aparte de la relación de trabajo, Simone y su marido tenían una casa de verano en l’Ametlla de Mar y Antonio los visitaba a menudo.

Poco después de empezar el proyecto de cuencas, Antonio había ganado una cátedra en la Universidad de Alicante, se trasladó y empezó a formar allí un equipo y a buscar una zona experimental más cercana. Viajaron por España, pero acabaron encontrando que el mejor sitio estaba también en Catalunya, concretamente en las sierras de Prades. Finalmente, el proyecto se desarrolló en dos áreas de estudio: los de la UAB trabajamos sobre todo en el Montseny y la gente de Alicante en Prades, mientras Carlos Gracia y sus colaboradores de la UB iban a los dos sitios según lo que les convenía. La parte americana se hizo inicialmente bajo la dirección de Herb en Yale, y con la gente de la Estación Experimental de Hubbard Brook. Al cabo de dos años, Herb sufrió una flebitis y él mismo propuso que continuáramos con la universidad de Virginia. Margalef, que tenía otras tareas y ya había hecho lo suficiente para poner en marcha las cosas, me pasó entonces la dirección de nuestra parte.

Caricatura, de izquierda a derecha, de Antonio Escarré, Carlos Gracia y Jaume Terradas en un avión hacia Uppsala. Dibujo: Jaume Terradas.
Caricatura, de izquierda a derecha, de Antonio Escarré, Carlos Gracia y Jaume Terradas en un avión hacia Uppsala. Dibujo: Jaume Terradas.

Hacia el final del proyecto, en nuestras reuniones conjuntas ya casi había tanta gente como en la de Hubbard Brook que tanto nos había impresionado. La ecología terrestre estaba en marcha, habíamos dado un salto adelante considerable. El año después de terminar el proyecto, 1983, se leyeron las primeras tesis, la de Ferran Rodà y la de Carlos Gracia. Siguieron muchas, realizadas en las dos estaciones experimentales (las de Joaquín Martín, Alicante, y Lluís Ferrés y Claret Verdú, UAB 1984, Robert Savé y Carlos Ascaso, UAB 1986, Antònia Caritat, UAB, 1987, Anna Àvila, UAB, 1988, Juan Bellot, Alicante y Cristina Belillas, UAB, 1989, David Bonilla y Pilar Andrés, UAB, y María José Lledó, Alicante, 1990, Raquel Picolo, Alicante, y Ramon Rabella, 1991, Anna Sala, UB, 1992, Antoni Espuny, UAB, y Santi Sabaté, UB, 1993, Xavier Mayor, UAB, 1994, Anselm Rodrigo, UAB, 1998…). Y, naturalmente, salieron muchas publicaciones. Con Ferran Rodà, hicimos en 1988 una voluminosa recopilación (la hizo sobre todo él, Diez años de investigación en los ecosistemas del Montseny. 791 pp. + anexo 141 pp.). La Universidad de Alicante tenía una revista, desde 1976, Mediterranea donde, a partir de 1980, aparecieron los primeros artículos sobre el Montseny y Prades. Después, pensamos que necesitábamos darnos a conocer en congresos internacionales. Antonio, Gracia y yo, en 1983, preparamos una comunicación de síntesis de los resultados del proyecto para uno que se hizo en Uppsala. No sabíamos que teníamos que llevar el texto listo para publicar y tuvimos que ponernos a escribir contrarreloj mientras “nos llegaba la maleta que nos habían perdido en el aeropuerto”… Visto ahora, fue divertido. El trabajo se publicó. A la vuelta, el conductor del autocar que nos llevaba a Estocolmo posiblemente había pasado una noche de juerga y se dormía. A ambos lados de la carretera había una pared de hielo y la situación parecía bastante peligrosa. Antonio dijo que teníamos que evitar que el hombre al volante se durmiera y nos animó a cantar, desgañitándonos, el “porompompero”. El viaje duraba una hora. Llegamos sanos y salvos, quizás afónicos.

El mismo año, organizé un curso Menéndez y Pelayo sobre ecosistemas mediterráneos en Sitges, en el que Antonio fue uno de los profesores. En 1984, ambos y Joan Bellot asistimos a un Workshop en el Instituto de Altos Estudios Mediterráneos IAMZ, Zaragoza con una veintena de investigadores muy reconocidos, y Antonio, Gracia, Rodà y yo publicamos por primera vez en Investigación y Ciencia (Ecología del bosque esclerófilo mediterráneo). Antonio y yo hicimos nuestro segundo viaje a EEUU para asistir al Symposium on long-term research on forested watersheds at Coweeta, en Athens (Georgia). Fuimos en auto desde Nueva York, con parada en Washington, con la esperanza de visitar a Josep Cuatrecasas, gran botánico catalán exiliado que lideraba un proyecto sobre la flora sudamericana desde el Smithsonian, pero estaba fuera (lo conocimos años después, cuando regresó un tiempo a España). Nos conformamos visitando algún museo y nos hicimos una foto frente al Capitolio. En los peajes, Antonio, que nunca se cansaba de conducir, al pagar saludaba diciendo “Passiu-bé”, en catalán. Cuando le dije porque lo hacía, respondió riendo. «Mira, así, poco a poco…» Se le daban bien tanto la ironía y el sarcasmo benévolo como la autoparodia. En 1985, presentamos dos comunicaciones con otros compañeros al NATO Advanced Workshop que se realizó en Sesimbra, Portugal, publicadas en un libro, en 1987, coordinado por John Tenhunen, con quien también tuvimos una larga y positiva relación. En Sesimbra estaba lo mejor de la ecofisiología vegetal de la época. Dos workshops del FERN en Estrasburgo en 1986 y en Giens, en 1987, trataron el tema de los fuegos, que se había convertido en prioritario en el litoral mediterráneo peninsular a partir de los fuegos de 1982. En 1988 fuimos al congreso de MEDECOS en Montpellier, donde presentamos diversas comunicaciones. Una de ellas sería parte de la tesis de Pep Piñol, que trabajó un tiempo con Antonio en Alicante y hoy está en la UAB y el CREAF. Aprovechamos para ponernos de acuerdo con gente del CEFE-CNRS de Montpellier y organizar un congreso sobre encinares que se celebró en 1990, dos días en Montpellier y dos en Barcelona. Fue interesante y lo pasamos bien. Salió un volumen publicado por Springer. También en 1988, fuimos a las II Jornadas de Ecología: Bases ecológicas para la Gestión Ambiental, en Aula Dei. En 1994, asistimos a una reunión en la sede del CEAM, en Valencia, sobre Los grandes incendios. En 1999 colaboramos en un capítulo de un libro sobre encinares que fue la culminación de nuestra labor sobre cuencas, ya liderada en el Montseny desde hacía tiempo por Ferran Rodà. Aún ahora, en aquella zona experimental siguen realizándose estudios por Anna Àvila (CREAF) con los grupos del IDAEA-CSIC (Institute of Environmental Assessment and Water Resarch) de Xavier Querol, Pilar Llorens y Jérôme Latron.

Foto de grupo de la reunión en el IAMZ. En medio, delante, Frank Golley. El segundo a la izquierda es A. Gómez Sal y, entre él y Golley, Helmuth Lieth. En la última fila, de izquierda a derecha, Ramon Margalef, Jaume Terradas, Antonio Escarré y Juan Bellot.
Foto de grupo de la reunión en el IAMZ. En medio, delante, Frank Golley. El segundo a la izquierda es A. Gómez Sal y, entre él y Golley, Helmuth Lieth. En la última fila, de izquierda a derecha, Ramon Margalef, Jaume Terradas, Antonio Escarré y Juan Bellot.

Antonio, aparte de lo que hacíamos juntos, colaboró ​​con otros miembros del CREAF y de la UB sin mi participación, así que lo que he mencionado no refleja ni con mucho toda su interacción con nuestro equipo ni, por supuesto, lo que hizo con independencia de nosotros. Sí quiero mencionar que Antonio fue el padrino del nombramiento de Margalef como doctor honoris causa de la Universidad de Alicante, en 1999, y que en 2006 se creó el “Instituto Multidisciplinar para el Estudio del Medio ( (IMEM) Ramon Margalef” en Alicante, promovido por Antonio y Juan Bellot, donde hoy trabajan unos 40 investigadores.

El caso es que, durante todos aquellos años, los equipos de las tres universidades nos comunicamos con frecuencia. Encontrarnos con Escarré, con su espíritu alegre y su ingenio, siempre era una fiesta. Él jugaba al hockey sobre hierba, después fue entrenador de juveniles, y tenía un hijo, Juan, que llegó a ser capitán de la selección española que ganó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 y que es seleccionador sub-21. El caso es que alguna vez vino con un puñado de sticks e improvisamos un partido en el que nosotros, naturalmente, no respetábamos las reglas porque no las conocíamos. Cuando trabajábamos y en los ratos de ocio teníamos muchas ocasiones de reír con sus chistes. Antonio era buen cocinero y, aunque estaba siempre ajetreado, cuando íbamos a Alicante por motivos de trabajo encontraba tiempo para cocinarnos él mismo unas paellas ¡exquisitas!

Pero junto a este carácter festivo, Antonio tenía también un serio compromiso social. Lo tradujo en su actividad política (era una persona incansable y tocaba muchas teclas). Fue unos catorce años diputado autonómico y, en los tiempos de la presidencia de Juan Lerma, ejerció, a finales de los ochenta un par de años como Consejero de Educación, Cultura e Investigación de la Comunidad Valenciana, y después fue el primer Consejero de Medio Ambiente. A partir de 1997, ya más alejado de la política, coordinó el Doctorado conjunto Desarrollo sostenible de bosques tropicales, manejos forestal y turístico de la Universidad de Alicante y la Universidad de Pinar del Río “Hermanos Saíz Montes de Oca” de Cuba. Su labor en Cuba era un asunto de solidaridad con los países pobres y la mantuvo hasta el inicio de la pandemia. Una vez me invitó a dar algunas lecciones en Pinar del Río. Las condiciones de trabajo no eran envidiables, pero Antonio hizo una gran tarea y en Cuba se ha formado, a raíz de su muerte, una asociación de “Amigos de Antonio Escarré”.

Un día, en su casa de Rabasa, que es un barrio de San Vicente del Raspeig, junto a la Universidad de Alicante, hicimos, como dos críos, un partido de fútbol con botones. Hacía relativamente poco que había muerto su hermano y me explicó que, cuando eran niños y jugaban ellos dos a botones, fijaban un tiempo por cada partido y se avisaban un minuto antes de terminar diciendo «Minutín». La última vez que le vio, su hermano, ya agonizante, le dijo “Minutín, Antonio, minutín”. Mientras me contaba esto, una nube de emoción pasaba por sus ojos tan vivos. Permítanme ahora un final también emocionado.

No supe que te estabas muriendo, Antonio. Ni los tuyos lo supieron hasta el final, ya que estuviste enfermo sólo quince días y los médicos no acababan de entender lo que te pasaba. Cuando lo supieron, era tarde. La enfermedad afectaba al plasma e ibas perdiendo glóbulos rojos. Los tejidos se destruían. Tu esposa, Lurdes Ureña, una persona valiente que tanto ha trabajado para mejorar el barrio y sacar adelante a la familia (tres hijos propios, Mari Carmen, Juan y Roberto, y una guineana adoptada, Lurdes), te acompañaba, aún esperando la mejora, hasta el último día en que se dio cuenta de que estabas muy mal. Me explicó que, al sentirte murmurar, ya en las últimas horas, te preguntó qué decías y que respondiste “Estoy maquinando”. Una respuesta propia de ti, tu último chiste. Me hubiera gustado poderte agradecer en persona tu amistad, tu contagiosa alegría de vivir, tu humanidad, tu trabajo, tu dedicación a los demás. No he podido hacerlo, tengo que resignarme a dejar aquí constancia de ello, delante de un público al que no veo. Una parte de los posibles lectores ya se han avanzado a expresarme el gran recuerdo que tienen de ti. Espero que quienes no te conocieron y lean estas entristecidas frases mías me crean: Antonio Escarré no fue sólo un buen científico, fue una gran persona. Adiós Antonio, amigo. Conservamos tu recuerdo.

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