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Los naturalistas también se extinguen

El botánico, grabado de Marià Fortuny. Fuente: Museu Nacional d'Art de Catalunya (https://www.museunacional.cat/es).
El botánico, grabado de Marià Fortuny. Fuente: Museu Nacional d'Art de Catalunya (https://www.museunacional.cat/es).

Vivimos la sexta gran extinción de especies. Es un proceso muy rápido de disminución de la biodiversidad. La quinta gran extinción masiva fue la que acabó con los dinosaurios y se debió al choque con un meteorito y sus repercusiones sísmicas y climáticas. Ahora, los causantes somos nosotros y el proceso muy rápido. Es difícil calcular el número de especies que se extinguen, sobre todo porque muchas lo hacen antes de que hayan sido identificadas. Un trabajo de hace 11 años (Mora et al, 2011) estimaba en 8.7 +/- 1.3 millones las especies de eucariotas existentes. Lo hacía partiendo de una pauta numérica que relaciona los números de géneros en familias, de familias en órdenes, etc., y que muestra una regularidad. Esto no ocurre en los procariotas, con los que, por tanto, no se puede hacer ninguna estimación: trabajos posteriores indican que puede haber millones de especies de procariotas. Cuando se realizó el estudio, se calculaba que, del total de especies de eucariotas, se habían catalogado del orden del 72% de las plantas, pero sólo el 12% de los animales y el 7% de los hongos: o sea que del orden de 1.2 millones de especies han sido identificadas y clasificadas y el resto nos es desconocido. En el informe 2019 Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services del IPBES se calcula que el 25% de las plantas y animales están en riesgo de extinción (esto supone un millón de especies). Hay otras estimaciones que indican que, hacia el 2100, aproximadamente la mitad de las especies de estos grupos podrían haber desaparecido.

Muchas especies desaparecerán antes de que hayan sido descritas y catalogadas.

Al ritmo que avanzan los catálogos de los distintos grupos, resulta evidente que muchas especies desaparecerán antes de que hayan sido descritas y catalogadas, debido a la desaparición de los hábitats en que viven, a la expansión de patógenos, a menudo asociada a la contaminación del aire, del agua o suelo de sus ambientes, al desplazamiento por especies invasoras, o al cambio climático. No habremos conocido ni cómo eran, ni cómo funcionaban en su ecosistema, ni si tenían características especialmente interesantes o incluso si tenían alguna posible utilidad para los humanos.

David James Scmidly, Ernst Walter Mayr y Edward Osborne Wilson. Font: Wikimedia Commons.

La otra extinción

Junto a estos procesos de extinción acelerada (la tasa de pérdida de especies actual es unas mil veces mayor que en los períodos “normales”, entre los de extinciones masivas) existe otro proceso de extinción que resulta paradójico: la extinción de los naturalistas.

El tema fue planteado en Estados Unidos ya al empezar este siglo con un artículo que denunciaba la desaparición de la historia natural en las universidades americanas (Wilcove, 2000). David J. Schmidly (2005), en su discurso de aceptación del Joseph Grinnell Award for Excellence in Education en el 85 Annual Meeting de la American Society of Mammalogists en Arcata, California, en junio de 2004, hizo un extenso comentario sobre el tema, revisando el uso de los conceptos de historia natural y de naturalista. Comentó que Mayr, ya en 1946, hablaba de una nueva sistemática y de una nueva historia natural y describía al taxonomista del s. XX como un estudioso de la naturaleza en todos sus aspectos, como morfólogo, biogeógrafo, ecólogo, etólogo, etc., con conocimientos de genética, geología y estadística. Grant, ya en el 2000, decía que el naturalista moderno era «básicamente un explorador y probador de las ideas sobre evolución y ecología que tratan de revelar y explicar regularidades en la naturaleza«. El naturalista se pregunta sobre los organismos en la naturaleza en términos de macroecología, genética de poblaciones, etc., utilizando experimentos de campo, análisis de DNA, etc. Otros autores han señalado que el naturalista, al ganar en actitud científica, no debería perder el entusiasmo emocional hacia los fenómenos naturales y hacia los propios organismos y sus peculiaridades. Para Schmidly, que está en consonancia con Grant, la buena historia natural es una fuente de información que no tiene precio para las ciencias biológicas y es cierto que el entusiasmo emocional es importante para la credibilidad en temas de conservación y política ambiental.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los estudiosos de la biología dejaron las botas por las batas, los organismos en el campo por las células bajo el microscopio.

Las quejas de los naturalistas por haber sido algo dejados de lado en las universidades vienen ya de finales del s. XIX, pero el proceso ha continuado. Schmidly menciona las siguientes causas: la estricta adherencia a las ideas de Popper sobre qué es ciencia, con independencia de los orígenes de la teoría; los logros del reduccionismo y una cierta “tecnofilia”que ha acompañado el crecimiento de la biología molecular; y las presiones institucionales para la entrega de resultados rápidos y la obtención de financiación. Por otra parte, dice Schmidly, con la penetración del uso de las matemáticas, el aspecto descriptivo y empírico de la historia natural empezó a parecer subjetivo a los críticos, que lo encontraban basado en inferencias y especulación, así que el término naturalista se convirtió en peyorativo, carente de conceptualización, intelectualidad o rigor científico (en esto cita a Futuyma, 1998). Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos estudiosos de la biología dejaron las botas por las batas, los organismos en el campo por las células en el laboratorio. Algunos naturalistas defendieron que, con la reducción a la física, la química y quizás la biología molecular, se perdían de vista los niveles más altos de la integración biológica. El propio Mayr pedía que el reduccionismo desapareciera del vocabulario de la ciencia.

El caso es que, con la necesidad de obtener resultados y financiación (por tanto, presión para publicar), en Estados Unidos los estudios biológicos pasaron del campo a los laboratorios, y apareció una tendencia a la arrogancia y al desprecio hacia disciplinas que se veían «pasadas de moda» : se hizo muy difícil la continuidad de los estudios descriptivos y experimentales de campo y a largo plazo. Los factores económicos animaban a la especialización y fragmentación de la biología. Los departamentos de zoología y botánica se desmantelaron y sustituyeron por otros de bioquímica, ecología y biología evolutiva, etc. La sistemática descriptiva desapareció de los programas académicos. Cuando se jubilaba un profesor naturalista, aunque fuera muy eminente, su plaza se asignaba a otro tema, uno que era más de laboratorio.

Portadas de tres libros naturalistas de diferentes períodos que han sido muy relevantes.

Dejar las botas por las batas

Schmidly cree que la situación mejoró hasta cierto punto gracias a la labor de un gigante del naturalismo, E.O. Wilson. Pero sólo hasta cierto punto. Hoy se puede definir a un naturalista como una persona con una profunda y amplia familiaridad con uno o más grupos de organismos o comunidades ecológicas, que puede extraer ideas de su conocimiento de la sistemática, distribución, ciclos vitales, comportamiento y quizá fisiología y morfología, evaluar hipótesis y diseñar investigaciones inteligentes, con una conciencia de las peculiaridades especiales de los organismos (véase Futuyma, 1998). El naturalista está siempre fascinado por la diversidad biológica y no ve a los organismos como meros modelos o vehículos de la teoría: por sí mismos ya excitan admiración y deseo de conocimiento, comprensión y preservación El conocimiento naturalista ayuda a formular preguntas con precisión y a realizar síntesis desde los niveles inferiores de integración de organismos o ecosistemas a los superiores (Bartholomew, 1986).

Wilcove y Eisner (op.cit.) denunciaron que «la desinstitucionalización de la historia natural es uno de los peores errores de nuestro tiempo, perpetrado por los propios científicos e instituciones que dependen de la historia natural para funcionar». Hay que conocer los organismos, saber determinarlos y saber qué parientes tienen para realizar algún estudio de provecho. Pero ya no se aprende sistemática ni taxonomía en las clases, los jóvenes no saben determinar los organismos ni se hacen cargo de la diversidad y complejidad de la naturaleza. La información contenida en las colecciones de historia natural y el seguimiento en el campo son esenciales para entender los efectos del cambio climático, por ejemplo. En la misma línea lamentan Tewksbury et al. (2014) la desaparición de la historia natural en los grados de biología en EE.UU. Véase también este artículo.

Laboratorio de biología. Fuente: ThisisEngineering RAEng (Unsplash)
Es necesario que los estudios naturalísticos recuperen su sitio en las escuelas y universidades, y que se relacionen con otros enfoques, como los de las humanidades.

Naturalmente, Schmidly reconocía que quedaban centros activos. Los departamentos que trabajan sobre Wildlife y Conservation o Fisheries mantienen programas académicos exitosos, y los museos son importantes por su trabajo y colecciones y por la conexión con el público no experto. Pero sería necesario más esfuerzo de las grandes universidades y de las instituciones que financian la ciencia, y también es necesario que los propios naturalistas no sientan ningún complejo por lo que hacen. Cada vez se ve más la necesidad de monitorizar los cambios en especies y paisajes y preservar la belleza de la naturaleza: la conservación pide conocedores de la taxonomía, los hábitats, la biogeografía, etc. Es necesario que los estudios naturalísticos recuperen su sitio en las escuelas y universidades, y que se relacionen con otros enfoques, como los de las humanidades.

Nuestros naturalistas

Hasta aquí, las ideas de Schmidly. Ahora voy a hablar un poco de la situación en nuestro país. Porque, por desgracia, es evidente que hemos seguido los pasos, por no decir las modas, que relata Schmidly. He participado en alguna polémica al respecto. Hay indicios claros de que parte de nuestros investigadores «de bata» mantienen un cierto desprecio por los «de bota». Una parte de los naturalistas en nuestro país ciertamente han mostrado poca tendencia a ir más allá de un simple “coleccionismo”, pero creo que profesores universitarios con una productividad baja y de investigación rutinaria los hay en todos los campos. Es evidente que los padres y abuelos de nuestro naturalismo científico fueron muy propensos a mantener relaciones internacionales y a publicar en revistas de prestigio. Lo hicieron en Cataluña desde los Salvador a Huguet del Villar, Font y Quer, Cuatrecasas, Margalef, Cruz Casas, Sabater Pi, etc., y después lo han seguido haciendo un número considerable de naturalistas de generaciones posteriores. Sin embargo, las ciencias más “descriptivas” sufren un desprestigio. En el nuevo plan de estudios de Ciencias Ambientales ya no están, lo que me parece escandaloso.

Imágenes del herbario de la Universidad de Barcelona. Entre sus fondos, además del Herbario destacan las bases de datos, un fondo bibliográfico especializado, diversas cartografías temáticas y donaciones de fondos personales de investigadores, que incluyen material fotográfico y correspondencia.

Los criterios de evaluación de la investigación son siempre un tema complejo que suele resolverse de una manera eficaz pero chapucera. Cuando se trata de evaluar la investigación realizada por una persona, lo más frecuente es que cuenten sólo las publicaciones en revistas incluidas en el Science Citation Index, sobre todo en el primer o primer y segundo cuartiles, y que se ignoren otras cosas, como mapas o libros. He reflexionado sobre este punto a raíz de diversas evaluaciones en el ámbito de organismos y sistemas a lo largo de mi vida académica. Con Xavier Llimona y Josep Vigo hicimos, en 2004, un documento llamado La elección de objetivos de investigación en el área de organismos y sistemas; los criterios de evaluación y su previsible impacto. En 7 páginas planteábamos algunos puntos principales de discusión, p.e. que los naturalistas quizás deberían pensar más en términos moleculares, genéticos, poblacionales y experimentales y publicar en revistas de gran impacto… pero los trabajos sobre sistemas o taxonómicos a menudo no permiten publicar al ritmo que lo hacen los bioquímicos; que los trabajos de inventariado de biodiversidad, necesarios pueden parecer aburridos y rutinarios para quienes no se dedican a ellos, pero también mucho trabajo que nadie pone en cuestión en otras ciencias tiene aspectos igualmente rutinarios, sólo que los procesos estudiados son más universales (las moléculas son las mismas en organismos muy distintos) y los resultados más fácilmente admitidos en revistas de impacto; se dice que las tareas de ámbito local o descriptivo deberían dejarse a los museos… pero si se sacan de las universidades no habrá formación en estos campos; que se debe llegar a un público más universal… pero ¿no valen nada trabajos que, siendo publicados en libros, o incluso revistas de “bajo impacto” tienen sin embargo bastantes citas en proporción al número de expertos del campo que se trate? ¿No existe, además, una sobrevaloración de los índices de impacto, que son de las revistas y no de los trabajos en concreto? ¿No deberían mirarse más las citas de los trabajos concretos que estos índices de revistas?

Imagen de una excursión de la Institució Catalana d’Història Natural por la comarca de la Selva a finales de los años 1940. En la primera fila, tras los niños sentados en el suelo, podemos reconocer a algunos de los botánicos y naturalistas catalanes más notables del siglo XX: de izquierda a derecha, en primera fila, Eugeni Sierra Ràfols, Ramón Puig (esposo de Cruz Casas), Cruz Casas, Pío Font y Quer, José Ramón Bataller, Ramón Margalef, Antonio de Bolós, Oriol de Bolós y Pedro Montserrat. / Pedro Montserrat / Archivo de la Fundación privada Carl Faust de Blanes. Fuente: Institució Catalana d’Història Natural.

En algunas de estas ramas naturalistas seguro que debería introducirse una dinámica de publicación que, sin abandonar la confección de las obras de síntesis necesarias, se acercara más a las otras ciencias y dejara de refugiarse en notificaciones de hallazgos nuevos para territorios exiguos, pero libros que son referencias obligadas, como Floras y Faunas de grupos diversos para territorios extensos deberían contar como un buen número de artículos en revistas del SCI, en función de las citas y tomando en consideración el número de estudiosos del grupo, porque, por supuesto, hay mucha más gente trabajando sobre DNA de especies modelo o sobre células madre que sobre la taxonomía de los quirópteros, por ejemplo, y por tanto los números de citas no se pueden comparar (ahora no pensaba en ello, pero precisamente de los quirópteros más valdría que nos ocupáramos, visto su papel de huéspedes de muchísimos virus, como resultado de su antigüedad y las peculiaridades de su biología). Los evaluadores no deberían pasar por alto libros y monografías o mapas, como si no valieran nada, sólo porque no estén indexados. Hace algunos años, existía en Cataluña la norma de que, para aspirar a una cátedra universitaria, había que tener al menos 40 artículos en revistas SCI y para una plaza de titular debían ser al menos 20, sin lo cual el resto no contaba; pero, mientras un artículo publicado en una revista de impacto puede tener bastantes citas el primero y segundo años y pocas después, una Flora o una Fauna bien hechas se citarán durante muchos años o, aunque no se citen (que es frecuente, porque se da por evidente su uso), serán usadas muchos años.

Los naturalistas tienen problemas de financiación, se pierden plazas porque en los planes de estudio menguan las materias y mucho trabajo de catalogación está todavía retrasado.

Añadíamos en aquel escrito un breve análisis de las citas que se hacían en obras recientes sobre cormófitos, heterópteros y líquenes y mostrábamos que estas obras se basaban en gran parte en trabajos publicados en revistas no indexadas (casi el 98%) y antiguas: más del 80% eran de antes de 1955). Denunciábamos que, si se mantenían los criterios de evaluación vigentes, habría daños colaterales inevitables sobre la investigación especializada, descriptiva y territorial, con ruptura de la cadena maestro-discípulo, como ha ocurrido en otros países donde prácticamente la han abandonado y ya no hay buenos especialistas en taxonomía. Ese vaticinio se está cumpliendo y los naturalistas tienen problemas de financiación, se pierden plazas porque en los planes de estudio merman sus materias, etc. Y, sin embargo, en nuestro país, mucho trabajo de catalogación está todavía retrasado. Hay pocos grupos de organismos para los que dispongamos de buenas colecciones, catálogos y claves de determinación, y menos aún para los que la información corológica esté informatizada. Por otra parte, nunca puede decirse que un grupo se conoce completamente, ya que a menudo hay especies de las que se tienen citas y muestras antiguas, pero que hace años que no se han visto en el campo y puede que se hayan extinguido. También se producen incorporaciones de especies llegadas recientemente y cambios en las áreas de distribución por migraciones o transformaciones de los hábitats, etc. Las floras y faunas en la naturaleza son dinámicas y sólo los naturalistas pueden mantener su conocimiento al día. La gestión del medio natural necesita estos conocimientos. Las colecciones zoológicas, los herbarios, los catálogos y las claves de determinación tienen una enorme importancia para mucha investigación, y no sólo taxonómica, biogeográfica o evolutiva (dado que permiten la aplicación de técnicas de biología molecular). Sirven también para estudios sobre determinados tipos de contaminación, sobre cambio global, etc. Y las colecciones se mantienen y amplían con el trabajo de campo y con los intercambios entre naturalistas de todo el mundo.

Ramondia pyrenaica (actualmente Ramonda myconi) o hierba cerruda, en el herbario de Font y Quer. Fuente: Herbari Font i Quer.

Conviene pues revisar los criterios de prioridad, mantener a los naturalistas en la enseñanza superior de la biología y las ciencias ambientales y asociar las tareas de campo a las de laboratorio. Demasiadas veces, científicos que trabajan en proyectos ambiciosos y bien financiados de carácter molecular pretenden comparar el DNA u otras propiedades entre organismos que son incapaces de identificar y entonces llaman a la puerta de los naturalistas (a quienes deberían haber incorporado ya de entrada en sus proyectos, pero ese desprecio que decíamos les hace creer que no es necesario). Llaman y simplemente piden muestras o ayuda gratia et amore. Como si el naturalista tuviera la obligación de disponer de las muestras de la especie y el sitio que piden, listas para dárselas. O les piden que identifiquen un puñado de muestras mal recogidas y mal o nada etiquetadas, como si el naturalista sólo tuviera que echar un vistazo y decir esto es tal cosa, y esto tal otra, cuando a menudo la determinación requiere horas de trabajo.

Puede ocurrir que, cuando lo hagan, cuando llamen, detrás de la puerta ya no haya nadie. Y esto sería una tragedia enorme para la ciencia.

Referencias

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FUTUYMA, D. J. 1998. Wherefore and whither the naturalist? American Naturalist 151:1–6

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Más información

Why are Naturalists Disappearing

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