«Cuidar nuestros acuíferos y reducir el consumo son las opciones más inteligentes para garantizar las reservas de agua frente a las futuras sequías»

Pantano de Sau (Osona) con un bajo nivel de agua. Imagen: Toni Carbajo en Flickr.
Pantano de Sau (Osona) con un bajo nivel de agua. Imagen: Toni Carbajo en Flickr.

Estamos impactadas ante este verano. Las sequías son frecuentes en el clima mediterráneo, pero este año han sido mucho más largas que de costumbre y hemos sufrido múltiples olas de calor. Cultivos como el maíz están al límite por la falta de agua y algunos embalses clásicos como el pantano de Sau en Catalunya se han vaciado casi. Uno de los motores de esta situación es el cambio climático, pero no es el único; nuestro modelo de uso del agua genera una demanda muy por encima de la que podemos permitirnos. Poner remedio a esta situación pasa por repensar el consumo que hacemos de este recurso, proteger los cursos naturales de agua, implicarnos en la toma de decisiones y evitar centrarnos sólo en medidas a corto plazo, como es la construcción de embalses. Hablamos con Annelies Broekman, investigadora del CREAF experta en gestión del agua.

Mapa de seguimiento de los indicadores de escasez de agua de Julio de 2022. Fuente: Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
Mapa de seguimiento de los indicadores de escasez de agua de Julio de 2022. Fuente: Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

Menos consumo, más acuíferos

Durante la década de los 60 se construyeron un gran número de pantanos en España con el objetivo principal de almacenar y transportar el agua sobrante del invierno para utilizarla en verano, pero los datos de este agosto nos indican que algo no está funcionando. Por poner algunos ejemplos, el mayor embalse del estado, La Serena, ha declarado la emergencia por falta de agua junto a otros catorce pantanos de Extremadura, el agua que queda embalsada en Andalucía está sólo a un 26,33% de su capacidad y en Cataluña a un 39%. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

“El problema es la enorme demanda de agua que tiene España ahora mismo. Los embalses se construyeron pensando en determinados usos, como la agricultura, el consumo doméstico y la industria, pero todos ellos han aumentado demasiado y se agotan las reservas muy pronto. Más rápido si añadimos la sequía y las olas de calor. Por este motivo, debemos dejar de pensar en nuevas infraestructuras para explotar el agua y cambiar el chip. Es necesario implementar sistemas agrícolas con menor huella hídrica, como es el caso de la agricultura regenerativa, y que no perjudiquen ni a la vegetación ni a los agricultores. Asimismo, debemos calibrar hasta dónde puede llegar el desarrollo económico y urbanístico en base al agua que tenemos disponible y sin afectar al funcionamiento normal del ciclo hídrico”, explica Broekman.

Annelies Broekman

«Debemos dejar de pensar en nuevas infraestructuras para explotar el agua y cambiar el chip».

ANNELIES BROEKMAN, investigadora del CREAF

Por otra parte, es necesario reivindicar el papel de las aguas subterráneas. Los acuíferos no se ven a simple vista desde la superficie, pero funcionan como pantanos naturales; son más estables que los ríos en cuanto a volumen, almacenan el agua de las inundaciones y abastecen a las ciudades y pueblos. Según defiende nuestra investigadora, «la mejor opción para tener reservas estratégicas para los períodos de sequía es revertir la sobreexplotación, descontaminar y recuperar los acuíferos para fomentar un abastecimiento sostenible en el tiempo». 

Poder de decisión sobre los usos del agua 

Otro de los problemas que nos encontramos a la hora de gestionar el agua es cómo se toman las decisiones, lo que técnicamente se conoce como la gobernanza del agua. Por ejemplo, continuando con la línea de acuíferos, Broekman nos explica que “están sufriendo una sobreexplotación continua por parte de los cultivos intensivos de la industria agrícola, que además es propietaria de muchas tierras de cultivo españolas con alta demanda de agua. Conservar las aguas subterráneas pasa por crear más comunidades de usuarios y usuarias que puedan negociar los volúmenes explotados cada año para evitar dañar esta fuente compartida y revisar el actual sistema de derechos de concesiones para evitar la especulación”

Lo mismo ocurre con el agua que contienen los pantanos. España ha sido pionera históricamente en estas construcciones: es el estado europeo con más embalses por km2 y uno de los primeros en todo el mundo. Reunimos nada menos que unas 1.200 grandes presas y el Ministerio de Fomento apunta a que las orillas de los embalses españoles tienen, en conjunto, una longitud cinco veces mayor que toda la costa del Estado. El destino de toda esa cantidad enorme de agua cuando se abren las compuertas variará en cada momento del año y según los usos, pero por ejemplo “cuando la decisión para realizar el desembalse depende de la empresa energética que tiene la concesión, lo hace según su criterio e intereses y no con el objetivo de mantener la salud del río. Los planes de gestión del agua de cada cuenca es cierto que establecen unos caudales ecológicos que obligatoriamente deben soltarse, pero son todavía muy deficientes y casi siempre son insuficientes para mantener la salud de los ecosistemas”, declara la experta del CREAF. 

Mapa dels embassaments amb capacitat superior a hm³. Font: Instituto Geográfico Nacional.
Mapa de los embalses con capacidad superior a 50 hm³. Fuente: Instituto Geográfico Nacional. (Haz click en la imagen para verla con mejor calidad)

Impactos ambientales de los embalses 

Más allá de la gobernanza que deberíamos ganar sobre los embalses en pro de la sostenibilidad, también hay que valorar si estas infraestructuras han quedado obsoletas para la transición ecológica. Si bien es evidente que nos proporcionan agua «a demanda», también tienen mucha repercusión sobre las cuencas de los ríos y la fauna y flora que vive allí. “Podríamos decir que las presas alteran el latido natural de los ríos, porque cambian su caudal natural, del que dependen los hábitats de ribera, y tienen consecuencias sobre el propio funcionamiento del ciclo hídrico. No sólo en la zona en la que se ha construido el pantano, sino también aguas abajo”, apunta Broekman. Un desequilibrio que acaba debilitando toda la biodiversidad por la que pasa el curso de agua y favorece la llegada de especies invasoras que se aprovechan, como los siluros y las cañas. 

Annelies Broekman

“Las presas alteran el latido natural de los rios, no solo donde se han construido, sino también aguas abajo”

ANNELIES BROEKMAN, investigadora del CREAF

Otro punto crítico es la geología. Y es que el transporte de sedimentos típico de los ríos y rieras también se ve afectado ante estas construcciones, ya que no circulan con normalidad después del embalse y van acumulándose en el fondo. Este fenómeno se conoce como ‘aterramiento’ e implica, por ejemplo, que los sedimentos no lleguen correctamente a los deltas ni a las playas donde desemboca el río. Además, con el tiempo acaban limitando el espacio que queda disponible para almacenar el agua en el pantano y «pueden disminuir la energía hidroeléctrica que se produce, porque el aumento de partículas desgasta por abrasión las palas de las turbinas», explica el investigador de la Universidad de Barcelona José Luis Casamor en el medio The Conversation. 

Por último, no podemos obviar que los embalses mediterráneos pueden contribuir al cambio climático. Se trata de masas de agua que cuando se construyeron inundaron bosques y pueblos que siguen descomponiéndose todavía ahora y donde se concentran los fertilizantes y otros nutrientes de los cultivos y las áreas urbanas de los alrededores que se evaporan a la atmósfera en forma de gases invernadero. El más frecuente de estos gases es el metano, pero ahora un reciente estudio de la Universidad de Granada recalca que los embalses de la Península también pueden ser emisores de dióxido de carbono y óxido nitroso cuando se han construido en cuencas calizas y existen poca cobertura vegetal en las inmediaciones. Y el aumento de temperaturas asociado al cambio climático no hace más que acelerar esta evaporación contaminante, sobre todo en los pantanos poco profundos –como son los que sufren aterrizaje. En definitiva, estamos ante unos datos que advierten que debería hacerse un balance entre la energía hidroeléctrica que se obtendrá y los gases de efecto invernadero que se emitirán si se apostara por nuevas construcciones, incluyendo al mismo tiempo la pérdida de los sistemas ecológicos que absorben CO2 y hacen de imbornal (como podrían ser los humedales en los deltas). 

Agua eutrofizada en el sector palanca del embalse de Camarasa (Lleida). Imagen: Isidre Blanc en Wikipedia Commons.

Si echamos un vistazo al Observatorio Europeo de la Sequía vemos que en el mapa aparecen varias zonas del estado español con déficit de lluvia y agua en el suelo y unos pocos puntos en alerta extrema de sequía. Como hemos visto, la componente social de la sequía es muy relevante y debemos involucrarnos todas para evitar un predominio de los puntos rojos que indican alarma. Debemos apostar por nuevos modelos de gobernanza que impliquen a todos los sectores de la sociedad para promover urgentemente las medidas de recuperación de los acuíferos, cambiar el modelo agrícola imperante y ajustar los usos del agua a la realidad del cambio climático. Sólo así evitaremos que se seque la fuente de la que todos bebemos. Ahora más que nunca es necesario romper los obstáculos de los ríos y abrir/cerrar el grifo, y las compuertas, con total conciencia. 

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