Teresa Gimeno y la pregunta constante

Prudencia y discreción son calificativos que definen a la investigadora Teresa Gimeno tan acertadamente como determinación y firmeza. Su proximidad en las formas facilita una conversación amable, siempre filtrada por la modestia científica y salpicada de declaraciones de principios, dudas y certezas resultado de una trayectoria internacional diversa. De repente puede interrumpir su relato, sonreír y mostrar una complicidad contagiosa, gracias a un sentido del humor cercano y a veces imprevisible. Con este bagaje, las decisiones y oportunidades de su carrera científica la han llevado a cruzar medio mundo. “Mi primera vocación fue aprender, saber cómo se llegaba a algunos descubrimientos y, a partir de ahí, me vinculé a estudios de ciencias”.

"Mi primera vocación fue aprender, saber cómo se llegaba a algunos descubrimientos y, a partir de ahí, me decidí por estudios de ciencias"

Su investigación sobre ecofisiología de las plantas ha crecido en centros como el Hawkesbury Institute for Environment de la Western Sydney University (Australia), el Institut National de la Recherche Agronomique INRAe, (Burdeos, Francia), el Basque Center for Climate Change BC3, (Leioa, España) y actualmente en el CREAF, donde ocupa una plaza de investigadora como parte del programa Severo Ochoa Excellence. Su curiosidad científica y su interés por resolver interrogantes se iniciaron en el Museo Nacional de Ciencias Naturales CSIC de Madrid, donde elaboró ​​su tesis doctoral con Fernando Valladares y Adrián Escudero. Aquello supuso introducirse en un entorno que recuerda de inmensas posibilidades: “había opciones, podías elegir qué preguntas querías contestar”.

Hoy reconoce: “sigo siendo una esponja como cuando empecé, si continuo en la ciencia es porque tengo la oportunidad de aprender cada día. Cuando empiezas en la carrera científica estás en la audiencia y no te sientes con aplomo ni capacidad de ponerte al otro lado y plantear preguntas novedosas, estudios, orientar líneas, etc. Eso llegó más tarde y todavía hay días en los que pienso que no ha llegado”.    

Uno de los privilegios de su recorrido es haberse topado con alguien que le enseñó a pensar de manera diferente. Ese fue uno de los aprendizajes que le dejó la investigadora Lisa Wingate –responsable del laboratorio del INRAe, con el que sigue vinculada–, de quien aprendió a ubicarse en posiciones alternativas a las más comunes. “Con Lisa Wingate aprendí a vaciar la mente y a formular preguntas nuevas. A plantear interrogantes que no se habían pensado antes, que no perpetuaban la práctica de aplicar a enebro una cuestión ya resuelta para pino… que es la dirección hacia la que me había encaminado. Mi trabajo con ella marca un antes y un después en mi manera de ver la carrera científica, sin duda me influyó mucho”. También asimiló Teresa Gimeno la importancia de divulgar, de proyectarse externamente como una científica con una carrera sólida y de buscar un entorno profesional motivador. “Hasta entonces había enfocado mi carrera exclusivamente desde la productividad: lanzar una pregunta, publicar artículos, conseguir financiación y así en un ciclo. Lisa Wingate me hizo pensar en cosas en las que no había pensado antes: empecé a verme como alguien que tiene asiento en la mesa, que forma parte de la actuación”.

"Pensar de manera diferente me parece el mayor desafío. Es difícil plantear hipótesis por una misma, pensar cómo resolver un problema complejo de manera independiente para dar soluciones creativas"

Salir de contexto

Lo valioso y extraordinario de aprender a pensar de manera diferente cobra más sentido aún para una científica que no da nada por descontado. “Me parece el desafío más grande”, reconoce. “Es difícil plantear hipótesis por una misma, pensar cómo resolver un problema complejo de manera independiente para dar soluciones creativas”. Y, de nuevo, la prudencia: “yo, desde luego, no he dado con la receta todavía. Salir de la solución obvia y buscar alternativas es muy complejo, tanto para la gran pregunta que puede haber detrás de un artículo o un proyecto científicos, como para cuestiones del día a día como es organizar una campaña de campo”.

En su estudio de la ecofisiologia vegetal analiza cómo la vegetación va a resistir los diversos escenarios de cambio global: los nuevos usos del suelo, la diferente concentración de CO2 en la atmosfera y los cambios en la relación de la disponibilidad de nutrientes derivados de la actividad humana. “Al terminar un estudio solemos tener más preguntas que al empezar, porque descubrimos patrones y respuestas que no somos capaces de explicar. Al indagar en trabajos previos detectamos todavía más preguntas y eso me motiva muchísimo: es buscar la pieza que le falta al puzle”, explica apasionada. “Es muy satisfactorio pensar que he aportado un poquito a generar conocimiento, porque es un puzle gigante. Y a veces consigues conectar dos preguntas que parecían independientes y ahí está lo realmente emocionante”.

Si se le pregunta cómo contribuye su investigación a la sociedad explica que estudia cómo funciona la vegetación en su esencia en un contexto de cambio global. Algo que califica como “la piedra angular del funcionamiento de los ecosistemas”, que nos va a permitir hacer predicciones sobre como responderán, cómo preservarlos y cómo obtener materias primas ante el calentamiento que vivimos. “Investigamos para contestar, por ejemplo, cuánto carbono va a ser capaz de absorber o de emitir la vegetación. Los cálculos que hay detrás de los informes del IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) tienen en gran medida parámetros obtenidos por especialistas en ecofisiología. Las publicaciones en las que trabajo en ocasiones se citan en informes como los del IPCC”.

Un bosque como banco de pruebas

"A menudo los compañeros son más determinantes que la persona que dirige el laboratorio. Es útil compartir desde instalar sensores, hasta programar en un lenguaje concreto, lidiar con situaciones de estrés, comunicar, contestar la revisión de una revista científica... ¡cosas para las que no hay manual!"

En el Hawkesbury Institute for Environment de la Western Sydney University tuvo la inmensa suerte de colaborar en el que califica como “uno de los proyectos más espectaculares y más bonitos en los que jamás me he involucrado”, el Eucalyptus Free Air CO2 Enrichment Experiment. Todavía sigue activo y simula un escenario de cambio climático en un bosque nativo entero, en concreto de eucaliptus, en el que reproduce la atmósfera que experimentaremos en la Tierra en 2050… “o incluso en 2040 a este paso”, reconoce. Se fumiga el bosque con CO2 para identificar cómo aumenta su concentración en la atmósfera y la eficiencia del uso del agua en el ecosistema entero. “Fueron 3 años muy productivos y, divertidos: aprendí hidrología, circulación atmosférica, mucha ecofisiologia… Trabajé codo con codo con personal muy cualificado, fue una experiencia fantástica”.

Allí conoció al profesor David Ellsworth, otro de los referentes de su carrera. “He tenido mucha suerte con mentores, supervisores y compañeros, que muchas veces son más determinantes que la persona a cargo de la dirección del laboratorio. Es útil compartir desde instalar sensores, hasta programar en un lenguaje concreto, lidiar con situaciones de estrés, comunicar, contestar la revisión de una revista científica… ¡cosas para las q no hay manual!”.

Dado que el bosque responde despacio, la iniciativa sigue activa desde 2012. “En un escenario natural la vegetación va a estar expuesta a la concentración de CO2 cada día y de forma muy gradual. La única forma que tenemos de contestar cómo va a reaccionar, cómo le afectarán los ciclos del agua y de nutrientes, etc… es a través de proyectos de larga duración”.

Australia también marca un antes y un después vital porque allí conoció a su pareja, un ingeniero en ciencias ambientales y forestales, con un perfil claramente tecnológico. “Ha cambiado 3 veces de trabajo por mí… no conozco a ninguna otra pareja hombre que haya hecho esto por su pareja mujer”. Los interrogantes y las preguntas mueven la vida de esta joven científica de talante amable que, a pesar de todo, trasnmite algunas certezas muy estables.

Esta acción es parte del programa Severo Ochoa “ULandscape” financiado en 2019 por la Agencia Estatal de Investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación español para apoyar a los Centros de Investigación de Excelencia.

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